COMO DESCUBRÍ LA UTILIDAD DE LA BIBLIOMANCIA  

COMO DESCUBRÍ LA UTILIDAD DE LA BIBLIOMANCIA  
noviembre 2, 2017 juantrigo
In ARTÍCULOS

 

La primera vez que tuve contacto con la Bibliomancia no tenía idea de que existiera tal cosa, como me ha ocurrido muchas veces encontrando caminos de Conocimiento. Ocurrió en 1986, en la librería del aeropuerto, esperando que saliera mi vuelo a Teherán.

A apenas hube entrado en la tienda, una de las novedades de aquel año me llamó poderosamente la atención. Se trató de “Vida Después de la Muerte”, de varios autores, entre ellos Arthur Koestler, de quien había leído su “El cero y el Infinito” y Arnold Toynbee, que también conocía por su “Compendio de la Historia”. En aquella época yo seguía soslayando obstinadamente el concepto de la reencarnación, pero leer aquellos nombres de pensadores ilustres como autores del libro produjo el primer contacto. Seguí tratando de pasear la mirada por las demás novedades y en fin la marea de publicaciones que llenaban las estanterías del establecimiento, pero aquel pequeño libro en rústica de tapas verde esmeralda había echado el anzuelo en mí. No pude ir muy lejos. Por más de me paseaba de una estantería a otra un cable invisible iba redirigiendo mis pasos de nuevo hacia “Vida después de la Muerte”, hasta que finalmente lo compré.

 

Recuerdo muy bien la impresión que fui sintiendo internamente mientras leía las para mí en aquel momento reveladores comentarios de Koestler; algo se estaba despertando ostensiblemente en alguna parte de mí y eso fue precisamente lo que convirtió ese libro en una especie de manual de instrucciones para una nueva vía de búsqueda.

 

Algunos años más tarde tuve la fortuna de conocer personalmente a un maestro sufí en Irán, que cuando yo le hacía alguna pregunta de cierta trascendencia me decía, “un momento”, cogía su Corán por el lomo con la mano izquierda y con los ojos cerrados pasaba su pulgar derecho por el canto de las hojas hasta que de pronto el pulgar se hundía un poco en un punto determinado, abría el libro, fijaba la vista un instante y contestaba. Casi al final de la entrevista le pregunté si en los textos del Corán podía leer la respuesta a mis preguntas. “No”, me respondió con sencillez, “mi vista va a parar a la palabra con la que te respondo”. Como viera que me quedaba perplejo, y se trataba de un maestro tan transparente como una fuente de agua emanando de lo alto de la montaña, me explicó: “En el instante en que entiendo tu pregunta abro el libro y leo esa palabra o tal vez dos o tres palabras de una misma frase, pero desconectada del resto del texto. Al entender tu pregunta conecto con tu mente, y es ella, no yo, a que me dirige a la página y a la palabra que despierta en mi mente la respuesta que ya estaba en tu mente pero que no podías revelártela. Cuando detecto, a lo largo de una conversación intelectual, que aparece un destello que no lo es, entonces ejerzo de oráculo, como todo oráculo, solo soy un canal”. “No sabía que el Corán”, dije, “servía como oráculo”. “No fue recopilado para eso”, respondió, “pero, como cualquier texto sagrado o inspirado, la Biblia, el Sefer Yetsirah, etc., en el que tu confíes, puede ser tu instrumento oracular”. “Puede ser “no sagrado”?”, pregunté. “Sagrado viene de secreto”, contestó, ”nada más. Tus propios actos, si así lo quieres, pueden ser sagrados. Ya sabes lo que aquí decimos: Si quieres conocer a Dios, conócete a ti mismo”. “Eso es de Sócrates”, repuse. “Claro, todos vamos en el mismo barco”. Terminó, sencillamente.

 

Todo oráculo se basa en un instrumento en el que tiene confianza el ejecutante, las cartas del Tarot, las piedras marcadas en las Runas, las monedas agujereadas en el I Ching, la Carta Horaria en astrología oracular, etc., y “ese libro” en Bibliomancia, que se basa como en todo oráculo en ejecutar el instrumento cuando en la mente del ejecutante aparece claramente entendible la pregunta del consultante.

 

Podéis practicarlo, pues seguro que tenéis uno o dos libros de consulta, como se llamaban antes “libros de cabecera”, esos que se encuentran en la mesilla de noche o en algún lugar muy especial e íntimo de la casa, tal vez en un altar personal.  Os ponéis en silencio, sostenéis el libro como el objeto más sagrado del universo, es decir, vuestro confidente en la galaxia, le pedís permiso (como se hace a cualquier instrumento oracular) para preguntar y simplemente cuando salte la chispa en vuestra mente iluminando la pregunta que queréis hacer, abrís el libro y dejar que la vista os guie, y la primera palabra que veáis (nunca dudéis) es la que os lleva a la respuesta como punta del hilo del laberinto que tirando de él os saldrá la respuesta. Tampoco dudéis de esa respuesta, porque no es intelectual ni responde a ningún razonamiento de lógica cotidiana, es algo más.

 

Juan Trigo | Noviembre 2017

 

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