La Chica del Violin o Quirón en la X, el miedo escénico.

La Chica del Violin o Quirón en la X, el miedo escénico.
Julio 29, 2017 juantrigo
In ASTROLOGÍA, CUENTOS

Su familia quería que aprendiera piano, pero a ella le parecía más ligero y fácil de llevar el violín. Sus padres, ilusionados de que fuera una versión femenina de Mozart, le compraron el piano y pagaron clases particulares cuando tenía solo 4 años, y como les gustaba impresionar a la gente fue un gran piano de cola. Ella se sentía como andando por la calle con una catedral a cuestas. O mejor dicho volando, porque sus piececitos quedaban lejos del suelo ya que el taburete deslizable debía ajustarse lo más alto posible para que sus deditos llegaran a tocar las teclas. Obviamente los comentarios familiares, siempre presentes durante las clases no dejaban lugar a dudas: la niña no se aproximaba ni de muy lejos al genio de Salzburg. Y probablemente hubiera sido una concertista mediocre de no haber sucedido algo que haría encajar su propia sintonía de vida con las circunstancias que la llevaron a ella. Debería tener 9 años cuando la familia fue a pasar unas vacaciones de Navidad con unos tíos lejanos que la niña apenas conocía de oídas. Vivian en un caserón antiguo y muy grande en la parte alta de la ciudad. Nada más cruzar el umbral del gran portalón en arco de medio punto, sintió como una brisa nueva y refrescante saludaba su rostro. Incluso cerro los ojos para dejarse mecer por aquella caricia. Algo en la enorme casa la estaba esperando. Al día siguiente de haberse acomodado cada cual en su habitación, su tía viuda se dispuso a mostrarles las antigüedades de aquella residencia-museo. La niña siguió a la comitiva compuesta por sus padres y sus cinco hermanos, entre aburrida y asustada ante el desfile de antigüedades inquietantes, hasta que ocurrió el encuentro. En un ángulo de la galería que daba al gran salón de baile, la niña se quedó parada de golpe. Dentro de un pequeño armario de caoba con puerta de cristal había un instrumento que ella no había visto nunca. La viuda se dio cuenta que la niña no iba a seguir la comitiva sin más y dijo “Vaya, a la niña le ha llamado la atención el viejo Stradivarius de mi difunto marido. ¿no es así?”. La pequeña no contestó, naturalmente, y la viuda se acercó al armario e introdujo una de las llaves del manojo que casi en permanencia llevaba colgando del cinto. En el momento de abrir, la niña volvió a sentir aquella brisa del día anterior a su llegada al portalón, pero esta vez, tal saludo tuvo todos los aires de una llamada. La niña entorno los ojos para sentir mejor, y antes de lo que hubiera podido espera, el ligero instrumento estaba en sus manos. “¿Que te parece, niña? El tacto es tan sutil… Hay muy pocos violines en el mundo con ese tacto, y si lo oyeras, oh…”. por unos instantes la anciana aligeró sus corazas de hembra dominante y se dejó sentir niña. “¿Alguien sabe tocar violín?” Silencio general. “Bueno, en otra ocasión será, niña”, pero al ir a retirar en instrumento de las manos de la embelesada criatura notó una residencia poco usual al típico gesto de írsele a retirar el juguete a un niño. Se la quedó mirando mezcla de extrañeza y contrariedad, más lo primero que lo segundo. Y por fin dijo dulcemente. “Debemos devolverlo a su sitio, ¿no?”. La niña tocó un cuerda y la nota salió poderosa impregnando el aire. La anciana comprendió que se había establecido algún tipo de relación entre aquel regio instrumento y su nieta, que no la dejó tranquila en los días siguientes después de que la visita de sus familiares hubiera concluido. Y de las  muchas ideas que fueron cruzando su anciana mente, una permaneció con insistencia: los machacones comentarios de decepción de sus sobrinos, por que la niña no tenía dotes musicales y se habían gastado una fortuna en el piano inútilmente. Hacia la primavera la anciana convocó a su sobrino a la mansión con la siguiente propuesta: Le compraba el piado a cambio de que dejara a la niña probar un año de clases de violín con un maestro que ella conocía muy bien por haber sido discípulo de su marido.

Y así fue como niña y violín iniciaron una relación inseparable que, como ocurre con los genios, fue más allá de los niveles de sensibilidad cotidiana. Pero a pesar de que apareció en el mundo de la música por la puerta de los virtuosos no consiguió neutralizar el miedo escénico injertado durante la época cavernícola de las clases de piano. Su profesor de violín decía que jamás había tenido una alumna con un simbiosis tan perfecta con el instrumento, pero cada vez que le pedía que tocara para alguien, no tan solo de la familia sino otros discípulos, y en su propio estudio de profesor, su alumna se bloqueaba y pocas veces siquiera llegaba a llevarse el violín al hombro. Se veía a si misma delante de un muro infranqueable al otro lado del cual esperaba un publico muy exigente.

Pasaron largos años de eterna alumna sin que nadie lograra desbloquear aquel terror escénico que le impedía compartir su arte delante de otros. Lo intentó muchas veces empujada por su profesor, pero cuando se veía en el escenario se quedaba inmóvil con el violín agarrado por su mano izquierda y el arco con la derecha, viendo solamente aquel muro gris hecho de la más dura piedra que le cerraba el paso. 

Pero La Vida es muy insistente a la hora de ir abriendo caminos y mostrando oportunidades; otra cosa es que la persona los ande o aproveche. Nuestra protagonista es de aquellas que sienten una palpitación interior incansable. Su comportamiento cotidiano podía estar encadenado a esos condicionamientos injertados, pero en su interior algo muy fuerte no se rendía jamás, aunque necesitaba de esa oportunidad para demostrarlo. Y le llegó de la mano de la anciana, que le había regalado el violín y de su profesor quien sabía algo de su tía abuela que nadie más conocía porque se le había deslizado a su propio maestro, el difunto marido de la anciana y propietario del Stradivarius, en un momento de exaltación re-ligiosa por la vida y por lo tanto por su esposa. Le había revelado a su discípulo que su esposa era diestra en artes muy antiguas, pseudo perseguidas en aquella época. Fue a verla y le contó lo que le ocurría a la jovencita violinista. La anciana le pidió que fuera al registro civil a pedir un acta completa de nacimiento, un documento donde consta el día, lugar y hora de nacimiento. El hombre obedeció sin entender porque le pedía eso. La anciana no se lo reveló, porque no era necesario. Solo le pidió que la joven violinista fuera a visitarla dentro de 15 días.

Al cruzar el gran portalón y a pesar de la visible pátina del tiempo que lo cubría todo, sintió la caricia del mismo airecito refrescante que sintió de niña el día anterior que conociera a su amigo el viejo Stradivarius. Sonrió y siguió las indicaciones del mayordomo que le señaló la ubicación del estudio de la anciana al final de la gran escalinata.

  • Entra, querida, a ver si nos reconocemos después de tantos años. – bromeó la anciana. – Siéntate ahí, a la bendita luz de la tarde. – Quedó unos instantes mirándola sin dejar de sonreír de satisfacción y evitando los halagos clásicos sobre lo que había crecido y de lo buena moza que se había puesto, porque ningún a de esas cosas tenía importancia. – Mi marido – empezó despacio – era un hombre discreto, pero a veces se le escapaban ciertas confidencias cuando la pasión por el arte se apoderaba de él, y le reveló a tu maestro que fui iniciada en artes antiguas, por una orden secreta cuyo nombre no te voy a revelar porque de saberlo te traería más problemas que el placer de satisfacer tu curiosidad. Una de las artes que aprendí fue la interpretación astrológica directamente de la escuela de nuestro gran Michel de Notredame…- calló nos instante para probar si su visitante conocía ese nombre y luego se lo aclaró – se le llama normalmente Nostradamus y habrás oido hablar de sus acertadas profecías. – La jovencita asintió – pues bien, he delineado tu Tema Natal en ese arte del médico de Montpellier, y encontramos a Quirón en la Casa del premio mundano, la más elevada, la X. Esa posición normalmente provoca miedo escénico, y en tu caso el Centauro recibe una oposición de Saturno, el Guardian celoso de todas las cosas… a veces demasiado. Tu dominas a Saturno por la precisión con que manejas a tu amigo, me lo ha detallado tu maestro. Ahora solo tienes que invocar y soltar al centauro, dejar que sane tu herida. Tienes que permitirle que salga de su cautiverio y deshaga las cadenas que te impiden compartir con otros tu arte, como hizo con Prometeo allá por los albores de la humanidad, cuando dioses y hombres compartían sus mismas penurias. – calló un instante para observar mejor a la violinista – ¿Me estás entendiendo ?
  • Perfectamente abuela, pero ¿como lo hago?
  • ¡Ah! lo difícil es saber el nombre del problema, lo sencillo es llamar a ese problema por su nombre. Ya sabes, en la antigüedad, los magos vencían de los dragones solo cuando conocían su nombre. – se la quedó mirando con un encogimiento de hombros – Es “tu” Quirón: simplemente llámalo cuando vayas a salir a escena. Llámalo como se llama a los arquetipos, con voz clara y firme, una orden escueta y precisa. Él hará el resto.
  • De acuerdo – respondió la muchacha con sencillez, y esa misma sencillez le hizo saber a la anciana que la muchacha podía resolver el sortilegio.
  • Por favor, niña, – le susurró al oído cuando se despedían – comparte tu arte con la gente, pues lo necesitan mucho más de lo que piensan, es su mejor alimento.

Al día siguiente le pidió a su maestro que organizara aquel concierto que llevaba años pidiéndole; había entendido lo que tenía que hacer.

La sala se llenó a medias porque la artista no era conocida, aunque si su patrocinador, el célebre violinista y profesor de los grandes violinistas.

Había ensayado varias veces hasta el más mínimo detalle los pasos que debía dar, los gestos de su cuerpo y su colocación.
Al escenario se llegaba desde una antecámara de entre bastidores, dando un giro en ángulo recto a un pequeño pasillo y a la escena. Tomó el violín apenas con dos dedos de su mano izquierda y el arco con la derecha. Cerró los ojos y murmuró:

  • ¡Quirón! ¡Ábreme el camino!¡Disuelve el muro!

Con los ojos entornados avanzó despacio para dar la vuelta en alguno recto y dirigirse por el pequeño pasillo hacia el escenario. Al dar la vuelta abrió los ojos. A unos 5 metros tenía el escenario. Entonces ocurrió el fenómeno, porque ella quiso que ocurriera y nadie más que hubiere estado allí lo habría podido ver. La muchacha avanzaba muy despacio y cuando giró en ángulo recto empezó a ver en lo alto de su mente una neblina blanca que bajaba del techo y se iba haciendo muy densa instantáneamente para ir dibujando la inconfundible figura del Centauro Senador de la mitología, cuyas manos grandes de taumaturgo se posaron sobre el muro que había ido viendo la violinista desde niña para irlo pulverizando e integrando en la misma neblina que se retiro cuando la muchacha dio el paso preciso y la palabra precisa: “Gracias”.

Llegó pues hasta la puerta del escenario y muy lenta y grácilmente fue colocándose el violín al hombro mientras levantaba el arco para dejarlo posar sobre las cuerdas, ya en el escenario, haciendo saltar las notas del Concierto para violín n.º 1 en si bemol mayor, op 22 K. 207 de Mozart.

Juan Trigo

Julio 2017

Comments (2)

  1. Rossi Caraballo 3 semanas hace

    Bellísimo!!! Mil gracias!

    • juantrigo 2 semanas hace

      Gracias a ti Rossi

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