Innumerables son los actos de fe que nos vemos obligados a hacer a lo largo del día, pero al mismo tiempo disponemos de algunas herramientas, como una lámpara de escritorio, un coche, un ordenador, una lavadora, etc., para ayudarnos en nuestra vida cotidiana. Al principio, al aprender a usarlas también tuvimos que hacer algunos actos de fe, como por ejemplo que el panel de instrumentos del coche que nos hemos comprado nos guía fielmente sobre su estado, llenado del depósito de gasolina, aceite, temperaturas, etc. Pero con el uso vamos ajustando esa fiabilidad, y eso sin necesidad de hacer una carrera de ingeniería para entender porque las ruedas giran cuando pisamos el pedal del acelerador. No tenemos ni idea del porqué al darle al conmutador se enciende la luz, pero hemos aprendido que si lo hacemos se enciende la luz.

Con la astrología puede ocurrir algo parecido, o la utilizamos como herramienta para gestionar mejor nuestras vidas o como portal para evadirnos a cualquier mundo ilusorio y fantástico que nos propongan. Cualquiera de ambas actitudes es válida porque depende de nuestra actitud ante la vida, o pasamos de puntillas sin hacer ruido vestidos con el hábito de adepto a algún sistema de creencia que nos deslumbre, o nos metemos a fondo a ver que es lo que realmente está ocurriendo y actuar en consecuencia.

Para el ejercicio de mi profesión como terapeuta no me puedo permitir lo primero, y por ello enseño astrología tratando de usar una lógica cotidiana enraizada en la física elemental, en la simbología milenaria, en los proverbios populares, en la filosofía popular, en la historia, en la experiencia. En otras palabras, en mi opinión la astrología, como toda ciencia, es una herramienta para ayudar a vivir mejor, independientemente de que para algunos sea un portal de iluminación esotérica, porque para mi la iluminación es comprender lo que ocurre en nuestras vidas, y eso va ocurriendo cada día destello a destello.