Escribo para quienes no creen en el mito eclesiástico del infierno, o, dicho de otro modo, que no hay más infierno que el que sufrimos en nuestro interior debido a las diversas respuestas emocionales que necesitamos interponer ante el alud de estímulos contradictorios que se nos cae encima desde la infancia y hasta la actualidad de todos los días.

No teman, yo he vuelto varias veces, y no hay más monstruos que los que nos hemos creado, porque ese viaje es hacia nuestro propio interior; a ninguna otra parte. Los viajes hacia escabrosidades externas prefabricadas por los depredadores no me interesan en absoluto.

Se llama descenso a los infiernos, porque el enorme conjunto de antiestímulos que hemos tenido que procesar de niños han producido, como el sueño de la razón, que dijo Lord Byron, tantos monstruos o demonios, que viene a ser lo mismo, que el descubrimiento de nuestra verdad necesita rasgar los velos de, a veces, un dolor intenso, pero liberador.

Parafraseando a Marx y Sócrates: “Conócete a ti mismo; no tienes nada que perder, salvo las cadenas de tu ignorancia, que te separan de la libertad”

Juan Trigo

Agosto 22