Aún no habían despachado por completo la familia e invitados la copiosa comida del Día de Acción de Gracias, que James ya se retiraba con su suegro y los dos tíos mayores de su esposa a la biblioteca a tratar de negocios.

  • ¡James! – dijo Evelyne abriendo la puerta al cabo de un rato – Como tienes prohibido al mayordomo que os interrumpa, lo hago yo. Es ese cartero que insiste en que esa carta de España es para ti.
  • ¿Ese irlandés pesado y medio loco?
  • El mismo.
  • ¡Que se vaya!
  • ¡Díselo tú, cariño, yo ya estoy harta!
  • ¿Le has pagado?
  • No pide dinero.
  • Imposible. Todo el mundo pide dinero; es peligroso alguien que no pide dinero.
  • Solo quiere entregarte esta carta.
  • Pero si yo no soy ese… ¿Qué nombre pone el sobre?
  • No me he fijado, pero el insiste en que es para ti. Venga, cariño, no nos hagas perder más tiempo con tus antiguos compatriotas o quienes fueren. Cógele la carta, le das las gracias y la propina y ya está. Así nos dejará en paz. A fin de cuentas, el FBI nunca les dio importancia a esas cartas de tus antiguos amoríos y tampoco se ha molestado con esta.

James salió enfurecido de la reunión, pero sin atreverse a lanzar una protesta más a su esposa; los latinos están de prestado en el mundo anglosajón o crean sus organizaciones como los italianos. Bajo a la puerta principal. Un empleado de correos, grande, pelirrojo de tez sonrosada por el whisky irlandés esperaba con una sonrisa de niño que sugería haberla tenido siempre y que jamás se le borraría de su semblante.

  • ¿Es que ahora también trabajan el Día de Acción de Gracias o ya no son los niños los que van de casa en casa con el “truco o trato”?
  • Eso se hace para Halloween, señor… Es que me cae de camino a casa y esta carta parece venir del origen de los tiempos, ja, ja…
  • ¿Qué?
  • Fíjese el sobre; esta amarillento y arrugado, y casi no se lee la escritura, aunque está hecha por una mano muy fina y ordenada; diría que de mujer… Oh, disculpe. Debe haberse paseado de oficina en oficina de correos en los últimos 5 años hasta dar con su dirección actual.
  • ¿Por qué me la trae a mí? Ya le dije que mi nombre es James Green y no ese… ¿a ver? – coge el sobre por fin y recita – “Jaume Grau”. ¿ve, no soy yo?
  • Pero la dirección es la que tuvo usted hace años en el Bronx.
  • ¿Por qué son tan eficientes en este país a la hora de seguir pistas?
  • ¿Decía usted?
  • Nada, nada. Bueno, ¿si me quedo esta carta se irá tranquilo?
  • Oh sí, claro. ¿Sabe? En mi tierra natal, Norte de Irlanda, tierra de muchos emigrantes, una carta de Europa es siempre una perla de tu vida que te devuelve el océano, y nosotros le damos una importancia capital, porque nunca sabes lo que te traerá la marea por la mañana.
  • Está bien, está bien, yo también vi la película. Tampoco entenderé nunca a los irlandeses.
  • ¿Decía?
  • Nada, nada; muchas gracias. ¿le debo algo?
  • No, claro, es mi trabajo.
  • ¿Seguro?… Bien, pues, que tenga un buen Día de Acción de Gracias.
  • Demos gracias por lo que la vida nos ha dado, señor… Green.
  • O… por lo que le hemos quitado con nuestro sudor y nuestra sangre.

El buen irlandés grande y sonrosado no llego ni a oír aquello último, se despidió con la mano, se caló su gorra de plato de empleado de correos y giró de talones para volver a la carretera, donde había aparcado el ostentoso furgón de correos.

James abrigaba la intención de llegar hasta la salita de recibir visitas de la planta baja y tirar la carta en una papelera, pero no pudo seguir avanzando y se quedó plantado en el salón recibidor frente a la doble escalinata que conducía a los pisos superiores (en todo el sentido de la palabra “superiores”, es decir inaccesibles al resto de la gente). El tacto de la carta en sus dedos había abierto un vórtice en el túnel del tiempo. Una especie de agujero de gusano que se abre a cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida para traérnosla de golpe e inexorablemente cuando ya creímos haberla olvidado… a la vida.

  • ¿Qué ocurre Jimmy? – dijo su suegro desde lo alto de la galería del primer piso. – te has puesto pálido.
  • Nada.
  • ¿Es de tu familia?
  • ¡No!
  • ¿Algún antiguo amorío?
  • ¿Qué?
  • Tranquilo, hombre, no pasa nada. Sube a terminarte el whisky y a ver si podemos aclarar lo de la fusión. Hay que machacar a esos bastardos noruegos.

James subió y se terminó el whisky, y los hombres de negocios siguieron contando los empleados que podían echar a la calle al romper en pedazos la gran corporación que estaban haciendo añicos vendibles a buen rédito. James se había puesto la carta doblada en el bolsillo del pantalón. Pero aquella noche no pudo conciliar el sueño hasta que de madrugada bajó al salón y presa de un pánico atroz porque su vida parecía estar dando señales de que no había muerto, cortó el sobre con un escalpelo de su escritorio y lo abrió. Reconocía perfectamente la letra menuda, regular, caligráfica, redonda, suave, acariciante, fiel. Tuvo que cerrar los ojos y no pudo impedir que sus labios comenzaran a temblar para sacar palabras entrecortadas que se negaban a seguir encerradas, pero que no pudo entender. Se derrumbó en el gran butacón de su escritorio. Tenía razón el irlandés, aquella carta había viajado desde el Bronx a Seattle, pasando por otras tantas direcciones como su largo peregrinaje en huida desesperada, y se había obstinado en llegar hasta él. Por fin abrió la carta y no tuvo más remedio que leer. Estaba escrita en catalán del Norte, muy depurado y poético (que traducimos para mejor comprensión del lector, aunque resulte tan difícil traducir el aire sutil que encierra toda poesía):

Ahora me escribes mucho más a menudo
pero es siempre triste el mensaje;
siento alejarse aquellas mañanas
que mencionan tus cartas.
Tu quieres escribir un canto de pájaros
entre tus palabras,
pero a mi me llega un pañuelo
lloroso de ausencias.

El regio despacho se convirtió en embudo de un enorme volcán, que a la mañana siguiente recibió el golpe de gracia en sus oídos. El mayordomo canturreaba:

Toda la fortuna que he logrado

La daría por un día a su lado

En valle de Strandmore

  • ¡Qué demonios está diciendo!
  • ¿Señor?
  • ¡Eso que cantaba…!
  • Es una canción tradicional irlandesa, señor. La cantan los emigrantes que, a pesar de la fortuna que han hecho en América, jamás pueden olvidar y añoran su tierra y…  al amor que dejaron atrás.

James dijo a todos que iba de viaje de negocios a Europa. Desde el día en que la carta fue a encontrarle hasta su llegada al aeropuerto de Barcelona sostuvo una lucha feroz y sangrante contra sí mismo por lo que se iba repitiendo que era una solemne tontería, una pérdida de tiempo y sobre todo de dinero, puesto que aquella preciosa jovencita que dejó treinta años atrás ya estaría cargada de hijos, gorda y soportando a un marido gandul y borracho, y que el pequeño pueblecito de pescadores de la costa catalana cerca de la frontera francesa se habría convertido en una de tantas monstruosidades turísticas de cemento y ventanas.

Pidió el teléfono a la información ciudadana. Llamó. Al otro lado del tiempo y sonó una voz dulce y melodiosa de mujer, una voz antigua, pero muy presente:

  • ¿Diguim?.
  • Disculpe, no sé si me he equivocado.
  • ¿Jaume?… ¡Jaume! ¿Ets tu Jaume?

No pudo continuar. Colgó con la intención de despedazar el auricular del teléfono contra la caja del aparato. Era ella, Mercedes, Mercè, en catalán.  El mismo sonido profundo y pausado, tranquilo, eterno del apacible Mediterráneo que regresaba a él en la noche antigua.

Se hospedó en el hotel del aeropuerto, incapaz de llegar hasta Barcelona, su ciudad natal.  Pero la vida no le permitiría quedarse por mucho tiempo en su infierno obstinado. Al cabo de unos días volvió a llamar.

  • ¿Dígame?
  • … 
  • ¿Eres tu Jaume? ¿estás aquí? ¿Has vuelto?
  • Mercè…
  • Dime.
  • Estoy en Barcelona.
  • Vale, ¿Por qué no vienes?
  • No se… No sé como estarás tú…
  • Yo estoy bien. Sigo viviendo en la misma casa de mis padres, que tú conociste. ¿Quieres venir? No temas, no ha cambiado nada. El mar, el pueblo, la playa, el color del cielo. Yo tampoco he cambiado.
  • Mercè, no sé si… me siento…
  • Puedo imaginármelo. Jaume: no me he casado, si es eso lo que quieres saber. Ni tengo hijos, aunque hubiera podido hacer ambas cosas muchas veces.
  • Mercè…
  • Jaume.
  • No vuelvas a colgar, por favor, Jaume. No tienes por qué hacerlo. No tienes porque hacer nada que no quieras. Han pasado muchos años, pero te siento como en aquellos días. Te he sentido siempre, porque soy mujer de un solo hombre, y fuimos el uno del otro, entonces. Sé que lo recuerdas por las cartas que me escribiste, aunque ha habido un largo silencio desde la última, pero no importa; para mí nunca ha habido silencio.
  • ¿Quieres que venga?
  • Claro. Tú tenías que hacer tu viaje. Y ya lo has hecho. Ya has regresado de dar la vuelta al mundo.
  • ¿Cómo sabes que no me volveré a ir?
  • Lo sé.
  • Me case y tengo familia al otro lado del gran mar.
  • Me lo dijiste… Jaume: nunca me has engañado. No podías hacerlo.
  • No…
  • Tómate el tiempo que quieras. Te estoy esperando.
  • ¿Cómo es que no te has casado y formado una familia?
  • Ya te lo he dicho. Nada ni nadie podía substituir aquellos días y es lo mejor que he tenido nunca. No he querido destruirlo con ninguna copia, porque no se puede.
  • Ahora vengo.
  • Claro. Esta es tu casa, tu tierra, tu gente, tu mar y aquí está tu mujer.
  • ¿Cómo puedes perdonarme?
  • ¿Perdonarte? No hay nada que perdonar, Jaume. Éramos libres y ahora lo seguimos siendo. Solo que yo no conocí a nadie mejor que tu. Y ya está. Es sencillo. ¿Eres libre Jaume?…

Juan Trigo