Me preguntó recientemente una de mis consultantes después de una larga sesión en la que se generó el suficiente nivel de confianza y durante la que le leí cómo algunas direcciones secundarias vaticinaban cambios importantes al año siguiente. Yo le respondí lo de siempre: no se crea nada de nadie que no pueda comprobar, y si para hacerlo ha de arriesgar algo, pues hágalo. Y ya sabe como va esto: controle el nivel de riesgo y siga adelante; el arte de vivir necesita riesgos necesariamente, para seguir viviendo. Quiero decir, no darse nunca por muerto en vida. Y esa evaluación de riesgos supone también evitar suicidios, o sea, saltos al vacío, huidas a la desesperada.
“Pero  – continué -además de esa recomendación de higiene básica, percibo que a usted ya le resuenan en su interior algunas de las cosas que he leído en su Carta Natal, ¿cierto?”. Mi cliente asintió con la cabeza, y añadí: “En general cuando hacemos preguntas concretas, es señal de que ya tenemos las respuestas en nuestro interior, por eso las hacemos, pero nuestros miedos injertados no nos dejaban admitirlas, y necesitamos que alguien invoque al Universo”.