Haciendo caso omiso de lo que le habían advertido sus maestros, se lanzó a describir con detalle la referencia que da Platón en su Timeo sobre la destrucción de la Atlántida, al auditorio de internautas que, como parte del programa de un famoso congreso de nuevas tecnologías de la comunicación, acudieron a su conferencia atraídos porque ese tema era la base de un famoso videojuego.
Un maestro ha de enseñar para los demás, no para satisfacer sus emociones, y por tanto ha de estar atento a la capacidad de captación de la enseñanza, al grado de atención y sobre todo de su interés por aprender algo nuevo, por parte de quienes se supone que lo están escuchando, y que, de momento, no cometerá la imprudencia de tomar como alumnos. Pero el brujo necesitaba convencerse de que la improvisada aula reaccionaría despertando sus conciencias al serles desvelado el núcleo de las causas por las que una civilización se destruye a sí misma, en paralelismo a lo que él maestro entendía como una peligrosa repetición en el mundo actual, y se empeñaba en desvelarlo. Ya se sabe, hay maestros empeñados en salvar el mundo…
Decía:
Hace ya algunos miles de años en la tierra se vivía una lucha tal y como también puede verse en la actualidad.
Un ciclo de experiencia para la humanidad se estaba cerrando. Los atlantes tenían que superar la gran prueba del conocimiento de sí mismos.
Los componentes de las fuerzas de la faz oscura querían apoderarse de la humanidad e imponer sus cánones de materialismo a ultranza.
Trataban de que los más destacados miembros de la sociedad se unieran a ellos en su propósito y para ello les proponían negocios suculentos, poder ocupar puestos de alto rango en sociedades de consumo o bien asientos en los senados o en las iglesias, cosas que eran rápidamente aceptadas por aquellos individuos.
Poco a poco se fueron apoderando de los diferentes sectores económicos, políticos y religiosos del continente.
Por la otra parte, los caballeros de la faz luminosa estaban ocupados en conseguir que la tierra diera sus frutos y para ello trabajaban muy duro. Por las noches adoraban a sus dioses. Éstos eran los árboles, los animales, la tierra y también el sol y la luna.
Vivian un periodo de armonía y prosperidad y poco sospechaban que la confrontación estaba muy cercana.
Cuando las fuerzas de la faz oscura estuvieron bien organizadas, empezó la batalla. Tenían armamento sofisticado, conocían la aviación y la teoría cuántica, por lo que la guerra fue muy cruel y duró poco tiempo.
De poco sirvió a los caballeros de la faz luminosa su invocación a los dioses para que salvaran a la humanidad, pues la destrucción fue implacable. Las fueras de la oscuridad hicieron millones de prisioneros y los pusieron a realizar trabajos de esclavo… el dolor y la tristeza reinó en aquel pacífico continente hasta que la ira de los dioses lo hundió engullido por las aguas del océano.
Hoy en día, somos muchos más los continuadores de aquella hermandad de faz luminosa. Se podría decir que más del 99 por ciento de la humanidad somos pacíficos y soñamos con un mundo mejor; pero una escasa élite del 0,1% detenta el poder sobre la inmensa mayoría de la humanidad y un gran número de lacayos impone las leyes dictadas por esa élite al resto de la humanidad.
Me pregunto si los pensamientos enfocados en el ideal de un planeta en el que pudiéramos vivir en paz y en armonía serán lo suficientemente poderosos como para frenar los planes de depredación y destrucción que esos fanáticos del camino oscuro están pergeñando para la humanidad, matando de hambre o enfermedades a muchos millones de personas en todos los continentes.
En esto el Brujo salió de su entusiasmo docente y su vista se enfocó en los presentes. Todas las cabezas estaban inclinadas sobre sus respectivos artilugios informáticos de última generación. Bajó del estrado sin que lo notaran, ni tampoco que había terminado de hablar. Sin embargo, en medio de aquel mar de cabezas postradas en obediencia a las manipulaciones virtuales distinguió a un mozalbete que seguía mirándolo con atención. Sorprendido de tal singularidad se acercó a él. Éste le preguntó.
–       ¿Ha terminado, maestro?
–       E… pues… ¿Qué están haciendo?
–       Cada uno a su bola, pero la mayoría están jugando al juego interactivo de moda.
–       ¿Ah, sí? Y ¿cuál es?
–       Una especie de Monopoly mucho más desarrollado que los anteriores.
–       ¿Un qué?
–       Sí, maestro, ese juego de masacre financiera que consiste en quedarse con el patrimonio de los otros jugadores y llevarlos a la bancarrota, a la ruina y expulsarlos del juego.
–       ¿A la ruina? ¿Y porque hacen eso?
–       Por divertirse, es el juego, nada más. No hay nada personal.
–       Nada personal…
–       No, solo es un juego.
–       ¿Y…? – El brujo iba a preguntar algo más, sin gran trascendencia, solo para salir de su estupor, pero esperó a que su único espectador continuara.
–       Oh, sí, en sus orígenes, hace 50 años, el juego consistía en irse quedando con el patrimonio inmobiliario con el que empezaba cada jugador. Ho día se han incorporado las técnicas modernas, por ejemplo, cada jugador puede modificar la prima de riesgo de los otros para irlos arruinando más rápidamente y que, en bancarrota, tengan que salir igualmente del juego como antes, pero sin que apenas se den cuenta que les han arruinado. Ya sabe, cada jugador se monta a su medida esa arma letal que se llama “Agencia de Calificación” que trabaja a su beneficio contra los demás.
–       ¿Agencia de qué…?
–       Sí, hombre, ¿no ha oído hablar de eso? Es un invento genial:  como los países comen más de lo que pueden digerir han de endeudarse de tal forma que el mundo queda en manos de los prestamistas, y como estos basan su existencia en su propia voracidad financiera necesitan un instrumento que vaya haciendo multiplicar el dinero que han de cobrar de los incautos… ¿me sigue, maestro?
–       No.
–       Bueno, da igual…
–       ¿Tú no juegas?
–       No, es aburrido, siempre es lo mismo, has de basarte en la estupidez del contrario; no tiene gracia.
–       ¿Por qué has venido?
–       Como todo el mundo: uno de los juegos de destrucción de moda se llama Atlántida, y se basa en los hechos que habéis descrito, maestro. Por como a los presentes no les interesa la historia, se han visto abocados a lo que más temen, el aburrimiento, y se han puesto a jugar a otro juego de moda.
–       ¿Ya lo sabían? Quiero decir, ¿son conocidas causa de la destrucción de Atlántida?
–       Claro, señor, ¿de dónde venís? Aquí todo el mundo sabe que vamos hacia nuestra propia destrucción, pero también es un juego, nada más.
–       ¡Un juego…! – El venerable alquimista tuvo que sentarse en una butaca, abrumado por el conocimiento de la realidad.
–       Vamos, maestro, ¿Por qué os apenáis? ¿No es la percepción de la realidad, la base del Conocimiento?
–       ¿Eh…?
–       Vos mismo lo habéis dicho al principio de la charla, ¿no?
–       ¿Yo dije eso?
–       Claro, no tiene importancia, es así.
–       Pero la gente…
–       Maestro, – entonces el joven se puso muy serio – he venido a esta conferencia por usted, no por la destrucción de la Atlántida; eso no tiene importancia, es una consecuencia más de la naturaleza del mundo.
–       ¿Por mi?
–       Sí, y le suplico que me admita como discípulo, que me acepte a su servicio.
–       ¿Qué? Pero si sabes mucho más que yo.
–       No, yo sé lo que la gente sabe: disfrutar de la vida porque es muy corta y no preocuparse de nada más. Por eso se dejan educar, se dejan conducir, se dejan engañar, se dejan anular como seres que nacieron inteligentes.
–       ¿Y tú qué quieres?
–       Que me enseñe el por qué.
–       Hmmm, vaya, – el brujo empezó a desperezarse – ¿Buscas en núcleo del núcleo?
–       Sí.
–       No sé si han hecho un videojuego de eso…
–       No se puede hacer – respondió muy firme el muchacho – El secreto se guarda a si mismo.
El muchacho sonrió y se dispuso a esperar a que su maestro se levantara, se despejara, como un gato se sacude al agua de la lluvia, y se echara a andar para salir de la sala repleta de internautas jugando a un juego interactivo de rol llamado “Los Mercados”. Entonces él también se levantó y lo siguió, sin importarle adonde.
Juan Trigo