No es necesario que las religiones institucionales desprestigien al saber astrológico, es el propio caos y desregulación del colectivo de astrólogos el encargado de hacerlo, y de forma sospechosamente eficiente. Me pregunto muchas veces si algunos desreguladores precisamente sirven a la moderna inquisición.

La aciaga historia de la astrología, como cualquier otra historia del planeta humano, ha transitado por caminos construidos a base de trampas, espejismos, dogmas, sectas, y una larga lista de peligros que la mente de unos pocos ha sabido sortear incluso pagando el precio de sus mismas vidas. Pero el final de esta historia (por lo menos por ahora, ya que nada empieza ni nada termina) desde la incalificable “recuperación” a finales del Siglo XIX y principios de XX, a la diáspora actual, que confunde el delta con el mar y se olvida que antes fue rio, es de tratado elemental de esquizofrenia colectiva.

Uno de los orígenes de tal historia de despropósitos endémicos es la pereza de la condición humana a esforzarse por entender la intencionalidad de las pseudoverdades que quienes adquieren cierta relevancia social (muchas veces en base a métodos más que censurables) tratan de inculcar y por tanto se emplean a fondo en confundir sino bloquear el elemental espíritu crítico innato en la condición humana para no dejarse arrastrar como pasto para buitres.

Tal historia de la pereza humana aplicada a lo que nos ocupa aquí, el uso de la ciencia astrológica (a mi modo de entender para mejorar la percepción de la vida para la gente, no para asustarla y tomarla como rehén de codicias mercantiles) nos ha llevado a un gallinero enloquecido en el que cada gallo se erige en adalid de cualquier bandera inexistente invocando su supuesta inspiración singular en lugar de inspirarse en la línea de la tradición varias veces milenaria, incluso hasta llegar a la prehistoria. Por cierto, cuando hablo del origen prehistórico de la astrología en mis tertulias por las RRSS percibo sorpresa y perplejidad. ¿En qué escuela de estudios astrológicos ha estudiado la gente? ¿Qué les han enseñado? La historia de la especie descendiente del homo sapiens sapiens debería rebautizarse tal vez como del “hominidus perplexus ad infinitum”, pero tampoco reaccionarían y seguirían creyéndose en posesión de la verdad.

En lugar de profundizar en el antiquísimo legado de la Tradición, completándolo con los indispensables estudios de astronomía y de física para entender el como y porque de la sincronicidad entre los movimientos planetarios y las variaciones en la psique humana, han tenido que hacer diversos cócteles de exotismo esotérico, por ejemplo, la astrología cabalística, el tarot astrológico, la astrología védico-tropical, etc. Al cual más disparatado y perjudicial por la confusión que llega a provocar en los crédulos que se aprestan a ponerse firmes y obedecer. Es muy simple, cada herramienta sirve para lo que sirve, y solamente en el mudo de las febriles elucubraciones de lo pseudoastrológico cabe utilizar dos paradigmas tan distantes y muy validos para su propio entorno como la cábala y la astrología, pero que mezclados, como si fueran una destornillosierra (mezcla de destornillador y de sierra), solo sirven para impresionar al devoto cliente con un

bombardeo de símbolos y arquetipos que consiguen su objetivo: marearlo y provocarle la consabida exclamación: “Ohh…”.

El desafortunado, aunque popularísimo eslogan comercial de Coca-Cola de los años 70, de que “Beber Coca-Cola daba la chispa de la vida”, o algo así, pero poco importa, se queda corto ante las increíbles pasadas de rosca que escucho en las propagandas de algunos astrólogos de renombre, tratando de convencer al personal de sus increíbles y sobre todo exclusivos descubrimientos en base a aquello, también tan popular como baladí, de que “a mi me funciona”.. Y no es de ahora, mi maestro Emilio Salas se había retirado de este mundanal estruendo cuando le conocí en 1975, porque no podía soportar tamaña exageración de charlatanería comercial.

La propia recuperación del saber astrológico antiguo parece un tiovivo de feria montado en un pantano de arenas movedizas. A finales del Siglo XIX y principios del XX las sociedades secretas como la Golden Down, con el antropófago Alistair Crowley a la cabeza, la inspiradora Dion Fortune y el “sabio” McGregor Mathers, salieron del armario para jugar al gato y al ratón con experimentos comerciales para aprovechar la endémica propensión del publico a dejarse seducir por exotismos nuevos, buscando inspiración en India, como la Teosofía, la Escuela Arcana, Alice Bailey, etc., y utilizaron su versión de la astrología atiborrada de simbolismo arcaico que muchas veces no seguía ni de lejos a la Tradición Ptolemaica (por poner algún ejemplo de lo que quiero decir con Tradición), y despejaron el camino para que se divirtieran los inventores de las mas variopintas astrologías, que necesitaron cocktelear con varios paradigmas para que les saliera ante el público su efecto prestidigitador, etc.

Uno de los ejemplos que quiero poner aquí para ilustrar la gran diferencia entre la aplicación del saber astrológico de forma científica y rigurosa de lo otro es la dualidad en el tiempo de dos personajes bien distintos, Alan Leo versus Demetrio Santos. El primero en realidad se llamaba William Frederick Allan y el segundo Demetrio Santos, quiero decir que nunca se le ocurrió utilizar un seudónimo no disfrazarse para cobrar más dinero.

Más diferencias. Mientras Leo se desanimó pronto en sus estudios ante la complejidad de gran parte de la astrología y lo inaccesible que era para el estudiante medio. Demetrio, a la sazón catedrático de ingeniería nuclear en la universidad de Zamora, instaló 32 contadores geiger por la sierra, para medir las diferencias en la radiación Gamma según la posición de Júpiter transitando por su orbita.

Debido a ese desánimo, Leo, se propuso simplificar drásticamente la astrología, a fin de facilitar su difusión, aprendizaje y práctica. Un ejemplo de esta simplificación fue su enseñanza de que el significado de ciertos signos, las casas y los planetas son esencialmente similares e intercambiables, casi al punto de ser la misma cosa o que tengan el mismo significado. Demetrio legó en sus cuadernos de campo que estamos publicando en la Sociedad Española de Astrología, la sabiduría más profunda y rigurosa que ha conocido la ciencia astrológica moderna, y en lugar de alegremente propiciar que “cualquier cosa puede ser similar e intercambiable”, siempre insistía en que verificáramos los aspectos que encontrábamos en la carta, por tránsitos y direcciones,

con hechos comprobables en la realidad. “Comprobar siempre”, decía, “no se dejen engañar por ajustes fantasiosos. Lo que comúnmente se entiende por fantastrología.

Podría seguir indicando diferencias, pero el lector inteligente y crítico ya me entiende, y recordando a Baltasar Gracián (Siglo VII), de que “Lo bueno, si breve, es dos veces bueno”, lo dejo aquí.

Juan Trigo

Noviembre 2020