Los niños que crecimos o por lo menos lo intentamos desde un hondo sentimiento de vulnerabilidad y falta de confianza por sentirnos sin las facultades o valentía suficientes como para entrar en este mundo y encontrar nuestro lugar en él, lo convertimos a partir de ese campo de pruebas llamado “La Adolescencia”, en rechazo a la autoridad y por lo tanto negacionismo de todo lo que venga de ella.

El tema es, parecido al síndrome de rebeldía como respuesta a la humillación: “Vamos a quedarnos toda la vida como rebeldes sin causa, para que hagan una película sobre algo parecido a nosotros y el público diga “pobrecito…”, o nos decidiremos a hacer como cualquier revolución que ha conducido a algo; es decir crear un juego nuevo y personal.

Podemos negar el cambio climático, mirando hacia otro lado cuando nos cruzamos en la calle con una ecologista tipo Greta Thumberg, negar la pandemia evitando pasar delante de cualquier hospital o hablar con personal médico, defender que la tierra es plana ignorando tres mil años de historia de la astronomía, desde Thales de Mileto a Kepler, etc., si eso nos hace sentir bien… pero, ¿realmente hemos de engañarnos tanto para evitar ir en busca de las causas que produjeron nuestro especifico negacionismo? ¿Tan aterrorizados estamos de conocer nuestra verdad, que, como decía Rumi, aunque veamos la puerta de celda abierta nos negamos a salir de nuestra cárcel?

Juan Trigo

Diciembre 22