Los avances de la ciencia se basan en la curiosidad espontánea del científico por penetrar lo desconocido. Tal curiosidad muere cuando el miedo de la libertad típico de la condición humana substituye compartir por competir y convierte al explorador en comerciante.

La historia de los avances científicos la van componiendo los actos de genialidad arriesgados y generosos del espíritu de búsqueda penetrando las brumas de lo desconocido. Luego el científico se irá amoldando a lo conocido y a los métodos de validación vigentes, por miedo a que descubran sus errores, cuando en realidad fueron esos errores los que le empujaron a romper barreras de ignorancia.

Einstein es un ejemplo. Utilizó el principio de sencillez en ciencia, la llamada Navaja de Occam, según el cual la solución más sencilla es la mejor. Pues, fuera del ámbito de la universidad, publicó su Teoría de la Relatividad (que después fue apostillada como “restringida” para diferenciarla de sus posteriores publicaciones dentro del ámbito académico). Trabajaba en una oficina de patentes en Berna, Suiza, y en su obra no figura ninguna referencia bibliográfica como ocurre en cualquier trabajo universitario, en los que las paginas empleadas en reseñar la bibliografía y los agradecimientos superan muchas veces las del contenido científico.  Le costó tanto ser aceptado en la comunidad científica como que le dieran el Premio Nobel. Después ya fue engullido por el mundo, ese monstruo multiforme y sin límites que se traga toda genialidad por el conocido método de sacarle provecho comercial. La gloria mundana, además de pasajera (“Sic transit gloria mundi”) es un arma de dos filos, el segundo devora a sus héroes por el conocido método de petrificarlos en estatuas de mármol, como a los santos.

¿Adónde va la frescura y curiosidad del verdadero científico, que como un niño que da sus primeros pasos, no conoce el riesgo?

Buscamos culpables de los desastres del mundo, creamos revoluciones contra un supuesto enemigo, que luego se diluyen dentro de las fauces de lo cotidiano. Creamos al Diablo para que parezca que sacamos de nosotros mismos el mal y con esa operación de disfraz pretendemos disfrutar de esa falsa tranquilidad de lo cotidiano conocido en la que creemos estar seguros.

El mundo somos nosotros. No hay nadie más. Dios y el Diablo son una invención con la cual disfrazamos nuestra voracidad, que es el brazo armado de nuestra codicia.

Sócrates prohibió a sus discípulos escribir nada y en caso de que hubieran escrito algo les ordenó quemarlo, porque fue un precursor del espíritu de los Sufis en lo de “Tiempo, Lugar y Gente”: Lo que hoy decimos mañana habrá perdido su valor esencial, y en cuanto a otras personas para las que no fue dirigido obviamente no tendrá el efecto deseado, y por último, no tiene el mismo sentido decirlo aquí que en otro lugar, cargado o por el contrario desprovisto de las energías del que fue dado.

El Secreto se protege a si mismo de maneras cambiantes y disfrazándose de conocimiento conquistado y brillantes logros para gloria de la especia humana… Puro disfraz. En el testamento de Isaac Newton a sus discípulos, encontramos la manifestación de esa vanidad con la que se reviste el miedo a la existencia tan típico del ser humano – que no tuvo aquel joven científico al que una manzana caída del árbol provocó una iluminación como la de San Pablo en el Camino de Damasco – “Os lo he dejado”, dice, “todo atado y bien atado. Solo tenéis que terminar de desarrollar los flecos”. Esos flecos, precisamente, llevaron a los genios de la ciencia en siglos posteriores a abrir los vertiginosos vórtices de la física cuántica, provocando el derrumbe del edificio newtoniano con postulados tan desconcertantes como el de la dualidad onda-partícula de Schrödinger (en la que se basan los computadores cuánticos) o el principio de indeterminación de Heissenberg, absolutamente aberrantes para la física clásica, y para el mundo antiguo.

No hemos hecho más que percibir que hay algo Secreto, misterioso tanto en nosotros mismos como en lo que nos rodea, y aún sin poder penetrar en su conocimiento, nos adentramos, cual aprendices de brujo, a ejecutar peligrosas manipulaciones de las energías fundamentales, como si fueran pelotitas de malabarista circense.

Juan Trigo

Oct 2021