Mi extrema curiosidad por los vericuetos de la búsqueda de Dios me había permitido a lo largo de mi juventud y vida adulta recorrer y peregrinar al corazón de diversas formas de culto y entrar en lo esencial de su sincretismo. Desde la Meca del sol naciente como musulmán al poniente del “final de la tierra” por el Camino de Santiago, pasando por las aguas de la Roca de Lourdes, las losas en jeroglífico de Chartres o mucho más antiguas como los simples glifos en piedra de los vestigios celtas del Oeste de Irlanda o de Stonehenge. A cada forma de miedo de mi interlocutor le tranquilizaba hablándole en la lengua de sus médicos de lo sobrenatural. A los árabes con los pasajes más confortantes del Corán, a los católicos con los evangelios permitidos y a los agnósticos con los apócrifos, y a los muy agnósticos con las sentencias centrales de Marx. Muchas veces me sentí como el buhonero trashumante que tiene remedios para cualquier forma de angustia, desde los elixires para la eterna juventud a las lociones contra la caída del cabello, que a lo mejor viene a ser lo mismo.

Juan Trigo en “Vórtices”
Imagen: Craig Tracy