Ponencia presentada a las Jornadas Astrológicas en Sevilla (1998)

INTRODUCCIÓN

Esta aportación ha sido elaborada en base de una sugerencia de Pierre Barrera, convencido de que yo puedo ampliar vuestros conocimientos en astrología del mundo árabe, en virtud de mis constantes exploraciones en países de Oriente Medio. Si bien resulta cierto que mi formación mística sigue los cauces del mundo sufí desde hace más de 15 años, la versión de la astrología que uso más frecuentemente en mi trabajo se encuadra en la línea tradicional grecolatina + Placido + Morin de Villefranche + las exploraciones de los modernos astrólogos occidentales. Pero también resulta cierto que por mi acercamiento al mundo del islam me ha parecido entender en qué estado de ánimo los místicos musulmanes y por ende los de al-Andalus utilizaron la astrología. Esta aportación es un ensayo para situarnos mentalmente en aquella época, y con ello pretendo conseguir una vía de comprensión a la astrología que aquellos utilizaban y por lo tanto a la que utilizamos básicamente hoy. En este análisis voy a pedir al lector un esfuerzo intelectual, que aunque soy consciente que va en contra de nuestra genética, pienso que se acerca a uno de tantos intentos de abrir nuestras mentes que nos sugieren tan machaconamente los Maestros. Bien, vamos allá.

En primer lugar creo haber entendido que los místicos musulmanes de las Eras doradas del Islam, Siglos IX a XIII, y por lo tanto los que contribuyeron a la base cultural en la que, a pesar de la reacción de los sucesivos gobiernos católicos desde Isabel y Fernando hasta nuestros días, se fundamentó el acervo cultural hispano, buscaban la comunión con Dios por todos los medios posibles, y por lo tanto el conocimiento de las influencias del macrocosmos en la humanidad les debió resultar valioso. Y con este objetivo primordial in mente, al bucear en el al-Andalus nos encontramos más pronto o más tarde con un nombre fundamental, Muhiy-d-din Ibn ‘Arabi, calificado en numerosos textos como Maestro entre Maestros, con que démosle paso ya:

Existo por ti y tú te manifiestas a través de Mí.

Sin embargo, de no haber aparecido Yo, tú no sería”,

No, no es un trabalenguas. Ni un acertijo, ni una prueba para neófitos. Es una clave. Medítenlo.

Nacido el 7 de agosto de 1165 en la Murcia, gobernada por el brillante Emir de ascendencia cristiana Mohammed bin Said bin Mardanih (derrotado al final de su vida por los invasores almohades) conoció a otro brillante al-andalusí de Córdoba, Abû Al-Walid Ibn Rushd (Averroes), y tuvo como preceptoras dos ancianas maestras en el arte de acercarse a la trascendencia, Shams de Marchena y Fatima bint Ibn al-Muthannâ de Sevilla. Fue en Damasco, la última morada de su largo peregrinaje por el mundo culto de la época (Maghreb, Egipto, Bagdad) donde escribió su imponente obra. Murió en esa luminosa ciudad, crisol de culturas en esa época, el 16 de noviembre de 1240.

Sería necesario llenar una extensa biblioteca para recoger sus pensamientos, pero para lo que nos ocupa bástenos alguno de ellos:

“Si un creyente, ‘arif’, lo es realmente, no puede permanecer atado a ninguna forma de creencia, ya que lo importante no es la forma externa sino el núcleo del conocimiento. Así el que conoce y lo conocido son la misma cosa, el que ve y lo que es visto son idénticos”.

Figura 1

¿No les recuerda esto una de las conclusiones de la moderna física cuántica: “El observador modifica lo observado, o bien, lo observado es el observador”?

Con esta introducción al conocimiento sutil de Oriente creo que estamos en disposición de tratar de acercarnos al uso que ellos hicieron de la astrología. En la Sura 15, Hedjr, del Corán, versículo 16 se lee: “Hemos colocado el Zodíaco en los cielos para beneficio de quienes lo observen”.

BREVE ESBOZO DE LA TEORIA

La obra de Titus Burckhardt, “Claves de la Astrología Musulmana”, es un buen manual para iniciarse en el pensamiento de los astrólogos del Al-Andalus. En ella encontramos muchas cosas interesantes, por ejemplo, superando la curiosa ambigüedad del Olimpo grecolatino, encontramos el papel central del Sol, como “polo” y “corazón” de las realidades planetarias. Y a partir de él siete niveles (Véase Figura I) hacia la Tierra y siete hacia el “fin” del espacio, por encima de las estrellas fijas, teniendo en cuenta que estos niveles o cielos no son más que los correspondientes ritmos planetarios.

Lo que creo interesante de destacar es que estas esferas planetarias son a la vez partes del mundo corpóreo y grados del mundo sutil, lo cual recuerda aquel axioma que utilizaban los alquimistas, popularizado por uno de los más tardíos de principios de este siglo, Paul Elouard, “Hay otros mundos, pero están en éste”. En palabras de Burckhart: “La cosmología tradicional no establece diferencia explícita entre los cielos planetarios en su realidad corpórea y sensible, y lo que les corresponde en el orden sutil, pues el símbolo se identifica esencialmente a la cosa simbolizada”.

Y lo interesante es que la tradición no establecía diferencias esenciales entre ambas concepciones. Es el credo mecanicista, tal alejado como quisieron que fuera del mundo contemplativo pensadores como Descartes o Hume, cada cual en ambos polos de la dialéctica razón-experimentación, quien hace esa fundamental diferencia. Por ello, para los astrólogos de aquella época que ocupa nuestro análisis, no cabía albergar ninguna duda acerca de la interrelación entre las esferas celestes del mundo material y la realidad de los mundos sutiles, o sea, la influencia de los astros en el ser humano, ya que ambas son, para aquellos pensadores, dos manifestaciones de una misma realidad. Eso nos lleva a explicar con gran facilidad el que no entendamos nada de cómo y por qué funciona la astrología; el mundo moderno alberga tantas dudas acerca del por qué y de la existencia de los mundos sutiles simplemente porque se ha disociado de ellos. Pero el hecho es que se ha apartado de su existencia de forma únicamente intelectual, es decir usando malabarismos de la razón, y por lo tanto esos mundos sutiles, en los que los astrólogos tradicionales no les hacían falta creer porque estaba incorporados a su acervo, siguen existiendo -naturalmente- y manifestando su interrelación, su “influencia” en nosotros y en todo ser viviente o acontecimiento, en palabras de la ignorancia de nuestros días. En suma, al no creer en su existencia no entendemos por qué ocurre. Igualmente hemos de usar una palabra altisonante, Magia, para definir algo que ocurre naturalmente pero que no entendemos por qué.

Dicho en otras palabras, nos preguntamos infinidad de veces por qué funciona la astrología, cuando la respuesta es tan obvia que no queremos aceptarla. Simplemente que los mundos sutil y material están íntimamente relacionados, imbricados uno en el otro. En mi libro “Análisis de los Aspectos”, abordaba este efecto neurótico del psicoanálisis de nuestra sociedad al tratar de acercarme al concepto de enfermedad. En palabras de algún maestro sufi: “No escuches a tu intelecto, escucha al viento, y déjale entrar en tu corazón”. Ciertamente para los hijos genéticos de la dualidad razón/ empirismo nos resulta tremendamente difícil realizar el esfuerzo de abstracción que supone tratar de entender las claves de la astrología tradicional, porque seguimos empeñados en hacerlo de forma mecanicista. Es decir, seguimos tratando de encontrar una “causa” a todas las cosas, cuando a lo mejor no es necesario. No es culpa nuestra, pero hay que intentar otra vía.

Para profundizar en este concepto, es necesario detenernos en las tres últimas esferas de la Figura 1, prescindiendo de la posible simbología que se nos pueda ocurrir acerca de unas hipotéticas esferas de Urano, Neptuno y Plutón, ya que la simbología propuesta por los árabes va mas allá. O en todo caso estos planetas y lo que hubiere más allá de Saturno estaría englobado en la esfera llamada “Cielo de las estrellas fijas o estaciones”. Veamos:

“La esfera del cielo sin estrellas o de las torres zodiacales”, o burûj, palabra árabe que utiliza el Corán para referirse al zodíaco, en la “Sura” citada más arriba,  y que da lugar a todas las etimologías derivadas de “burgo” en español,”bourg”  en francés, “berg” o “borg” en las lenguas germánicas y nórdicas, y que se asocia a torre, castillo o ciudad fortificada, loma, cerro, etc.), no se refiere -¡atención!- a las doce constelaciones, puesto que está más allá, en la esfera siguiente a la de las estrellas, sino que representan determinaciones virtuales (maqâdir) del espacio celeste. En este punto la astrología árabe nos estaría dando una pauta para comprender las bases de la astrología tropical frente a la sidérea, ya que califica explícitamente a los signos zodiacales como de concepción virtual.

Las otras dos esferas el “Pedestal” y el “Trono” Divinos corresponden al plano metafísico y místico, señalándose en el Corán que son la segunda el anillo y la primera el molde de tierra donde se asienta. La primera conteniendo los cielos y la Tierra y la segunda englobándolo todo, siendo su forma de esfera puramente simbólica, indicando en tránsito de la astronomía a la cosmología integral y metafísica. Así, también la esfera del “Cielo sin estrellas”, no corresponde a un espacio sino al fin de él, corresponde a la discontinuidad de lo formal con lo informal. Pero téngase en cuenta que la distinción entre un cielo visible y uno que escapa a nuestra vista es algo real, aunque su aplicación sea simbólica, ya que entonces lo “invisible” se convierte en lo trascendente.

Podríamos extendernos muchísimo en la penetración de tales sutilezas, que, tratando a aproximarnos a la cultura del Al-Andalus es precisamente lo que hay que hacer, si no, no se entenderá nada y todo aparecerá como cerril fanatismo, elucubraciones de visionarios o excusa para alimentar nuestra pereza intelectual, pero a lo mejor escapan del objeto de esta exposición y pueden ser motivo de posteriores reflexiones.

Vamos ahora a ocuparnos de otro aspecto fundamental y que también (como el concepto simbólico de los signos del zodíaco) forma las bases de la astrología que hoy utilizamos: la concepción del espacio, el tiempo y el número.

Las 12 partes en que se divide simbólicamente la esfera del “Cielo sin Estrellas”, como sabemos coincide con las divisiones de tiempo dadas en astronomía. La esfera de las estaciones o de las estrellas fijas contiene las posiciones de los polos de revolución diurna del cielo (o de la Tierra) y el ciclo anual del sol. Por lo tanto, los puntos de divergencia entre estos polos determinan la eclíptica, y por consiguiente los dos equinoccios y los dos solsticios, en suma, las 4 estaciones. De ahí la sabiduría de Ibn Arabi alimentada, hemos dicho al principio por los maestros y la cultura de su tiempo, desarrolla en su totalidad toda la simbología del cuaternario, es decir de los 4 elementos (Fuego, Tierra, Aire, Agua y Calor, Frío, Seco, Húmedo), como significadores no de la Sustancia universal (el Prakriti de los hindúes) sino más directamente implicado en el concepto de maternidad como posibilidad de creación de lo manifestado, de las criaturas.

En este punto, Ibn Arabi introduce necesariamente el número tres, pero lo refiere no solamente a las tres orientaciones del espacio, sino a las del Intelecto Primero o Espíritu Universal. Veamos de entender esto. Se parte de que los arquetipos zodiacales proceden de los contrastes manifestados para desarrollarse o desembocar en la reintegración, en la síntesis. Es decir, lo manifestado resulta de un proceso de análisis síntesis, disgregación e integración. Y eso tiene lugar en tres movimientos o direcciones posibles: Movimiento que se aleja, movimiento expansivo y movimiento de retorno. El primer movimiento se aleja aparentemente del Principio y por lo tanto mide la profundidad, o sea la distancia de cuanto nos hemos alejado del Principio para manifestarnos. El movimiento expansivo mide la amplitud, la extensión de lo manifestado. Con lo cual tenemos la dualidad de lo manifestado. Mundo dual en el que la humanidad y también todo lo demás en el cosmos, estaría encallada eternamente si no fuera por el tercer movimiento, el de exaltación, retorno a la altura. Recordemos que la simbología del número tres nos apunta a la resolución, armonía, sublimación de la polaridad, dualidad o confrontación que simboliza el número dos.

De la terna y el cuaternario aparece como todos sabemos la base de la simbología del 12 como 3 x 4 o 4 x 3 que nosotros utilizamos a diario. Véase figura 2.Imagen

No podemos dejar de mencionar una de las explicaciones simbólicas más interesantes del pensamiento árabe, el barzaj, o mundo intermedio. Ibn Arabi explica muy bien el significado del numero tres o las tres direcciones también por medio del significado de los tres mundos: Mundo presente, mundo futuro y mundo intermedio.

En este punto parece interesante recordar, aunque sólo sea brevemente la simbología que se utiliza en la elaboración de las Partes: Manifestación de dos planetas a través de una casa o de dos casas a través de un planeta. Siempre bajo la simbología del número tres. Para profundizar en esto recomiendo el libro de Robert Zoller, “La Clé Perdue de la Tradition”, en versión francesa, o “The Lost Key to Prediction”, en versión inglesa. No conozco versión en castellano.

Pero siguiendo con la cosmología de Ibn Arabi, para pasar al análisis de los aspectos astrológicos, veamos que todos los puntos del zodíaco que se encuentran en relación de trino tienen la misma naturaleza elemental, pero se distinguen por las cualidades que dependen del ternario del Espíritu, y todos los puntos que se encuentran en relación de cuadrado tienen la misma cualidad espiritual, pero se diferencian en los contrastes mentales. Es lo que utilizamos todos los días. Una relación en ángulo recto implica contraste, lo mismo que oposición significa exactamente eso y una relación de trino significa síntesis perfecta, una relación de 60 grados, afinidad, etc.

Y aquí se precisa que serán signos “móviles” (munqalib) o  dinámicos, o expansivos aquellos que reproduzcan posiciones críticas del ciclo de los cielos, es decir los signos cardinales. Y que el orden descendente del Espíritu, que se manifiesta por la fijación (sukûn), pues a causa de este movimiento de fijación que el mundo se manifiesta como tal, corresponderá a los signos fijos. Y por último, el movimiento de retorno al origen se refleja en el plano zodiacal por la síntesis (dhû ishtiraâh) de los otros dos movimientos y viene representados por los signos que hoy llamamos mutables.

Otro de los elementos que es interesante entender es el concepto de proyección de las esferas de las estrellas a la de las torres o zodíaco. Y aquí encontramos otro aspecto más que diferencia, igualmente de modo sutil, nuestra manera de entender los fundamentos de la astrología con la de los árabes, y pienso que del resto de la Tradición. Las direcciones del espacio, dice Ibn Arabi, son como rayos que se proyectan desde la Tierra y las otras esferas a la del zodiaco, pero se trata de una relación biunívoca, no causal. Es decir, las esferas, tal como han sido descritas, forman un todo que se interaccionan, de los cuerpos celestes a los signos del zodíaco y viceversa, y que recuerda el principio de correspondencia, es decir existe porque existe, no porque una cosa sea causa de la otra, como necesitamos hacer en nuestro razonamiento mecanicista. Dicho de otra manera, para la tradición, las influencias planetarias sobre nosotros eran una consecuencia de que existan los planetas y existamos nosotros, no que esa influencia esté causada por los planetas. Se trata de una sutileza más para la cual probablemente la mente moderna no esté preparada. Intentémoslo otra vez: Los planetas tienen una dirección sobre la esfera del zodíaco y ésta sobre los planetas, tanto unos se manifiestan en aquélla como viceversa. Es decir, ese “rayo” que decía Ibn Arabi sería algo así como un cordón umbilical o un haz de luz que tanto ilumina en un sentido como en otro. No hay causación. Una cosa no es causa de la otra, simplemente existe.

Recuerdo algo parecido en palabras del genial físico Stephen Hawking, en que, al final de una larga entrevista, por supuesto a través de su ordenador accionado por su dedo índice, dijo una frase que podría resumir toda su ingente obra. “A lo mejor no hace falta que el universo haya sido creado y que tenga un origen y un fin, sino que el universo simplemente Es”.

Así, enfocada desde el punto de vista no mecanicista ni racional, sino como una explicación de lo trascendente, la astrología de nuestros días ya no tendría que estar sometida a esas desmesuradas tensiones a que la sometemos tratando de justificarla. Simplemente si resulta que es la explicación de lo Real, ya no hace falta que la ciencia moderna le dé el aprobado. La dialéctica que acabamos de encontrar en el pensamiento de los místicos del al-Andalus entre la explicación de lo trascendente y el mecanicismo racionalista, a nuestro juicio es suficientemente reveladora de la dimensión real de la astrología. Pero para eso hace falta desproveernos del orgullo (por otra parte tan absolutamente injustificado) de suponer que el ser humano es capaz de entenderlo todo con tal de aplicar correctamente el método científico, y que la dimensión trascendente existe en nosotros; sirve para seguir admirando esa dimensión que permanentemente se nos escapa y para darnos cuenta de que somos parte de ella, es decir que somos trascendentes. Así aquel axioma, tan difícil de entender por la mente occidental.

Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor“, que en los hindúes hace referencia a la Divinidad que está en cada uno de nosotros, o que para los Sufíes tiene una expresión parecida a “la extinción del Ego conduce a la fusión con Dios“, cobra perfecta validez.Imagen

Juan Trigo Sevilla, octubre 1998