Desde que el ser humano se distinguió de las demás especies animales, ha guiado sus pasos una obsesión: ¡Dominar!

Cualquier niño experimenta en sus vulnerables carnes la frase del comediógrafo latino Plauto (siglo III antes de Cristo) “lupus est homo homini”. Bien sabido es que somos la especie mas mortífera y despiadada que jamás habitó este planeta. Pero ya desde ese niño me he preguntado, por qué.

Si hemos experimentado sobradamente, en carne propia o ajena, que la violencia sobre otros tarde o temprano se vuelve contra nosotros y nos destruye, ¿por qué seguir provocando miedo a quien tenemos cerca o lejos?

Decía Adler que “el anhelo de poder solo nace de la debilidad, no de la fortaleza”. ¿Es que nacemos con tan baja autoestima, conciencia de fragilidad, absorbiendo cualquier clase de miedo, que enseguida desarrollamos el instinto del chimpancé de la genial introducción de la película de Kubrik? (Foto de portada)

¿Porqué?

¿Será que nacemos tan incompletos respecto del resto de nuestros congéneres los mamíferos que en nuestros primeros pasos por la vida ya somos presas de cualquier pánico, aparte del que nos injerta a fuego la cultura de nuestros progenitores?

¿Quién empezó esta locura? ¿El mono de “2001 Odisea del Espacio”? Ah, si, bueno, eso es una metáfora, claro, pero ¿son también metáforas los mataderos masivos en que se convierte cualquier guerra? Miles de cadáveres mutilados y amontonados desde las trincheras de Verdun a la carretera principal a Dacca en tiempos del golpe de estado de Suharto, de los campos de la muerte de Pol Pot en Camboya, a Ruanda con la autoexterminación mutua de Hutus y Tutsis, y a las de los Roghinyas en Mianmar, y un largo etc. que no va a terminar.

No hace falta ir a ejemplos tan demoledores, pues basta observar nuestras actitudes cotidianas, incapaces de vivir con lo que la vida nos da sino desear lo del vecino. Tal insatisfacción no la tienen las otras especies animales; curioso efecto el de la mente racional ¿Será por eso que el sufismo, el zen, el yoga, etc., califican a la mente racional como el Gran Maligno?

Pero hay un aspecto interesante sobre la codicia de la condición humana. A pesar de que la historia es muy clara e insistente en demostrar que la violencia solo trae violencia y que cualquier agresión más temprano que tarde se vuelve contra el agresor, seguimos pensando que lo nuestro es diferente y que obtendremos la victoria, como repetía incansablemente el Kaiser Guillermo II perpetuando la matanza sin sentido de millones de personas durante 4 largos años. Curioso, ¿verdad?

Decían en 1919 que la Gran Guerra iba a ser la última porque Europa había quedado arrasada y hambrienta, pero al mismo tiempo y en ese mismo año ilustres analistas políticos adivinaron que el Tratado de Versalles, con el que puso fin aquella monstruosa mentira, iba a provocar una guerra aún más mortífera.

Y como reza el titulo de la obra de Benavente: “Ciudad alegre y confiada”, las gentes siguieron enfrascadas en sus ocupaciones cotidianas, mirando hacia otro lado en su eterno viaje a ninguna parte ¿Pero qué remedio le queda a la población? Ni se pueden bajar del barco en pleno océano ni cambiar al capitán por aquello de que “vale más loco conocido que sano por conocer”.

Entonces: ¿Qué podemos hacer? Machacona pregunta de la actriz Linda Hunt en su personaje del muchacho indonesio, repetía incansablemente en aquella inspirada película “El Año que Vivimos Peligrosamente”. ¿Qué podemos hacer? Bueno, la pregunta más precisa seria, ¿qué opciones tenemos? ¡Ay, qué olvidadiza es la memoria del ser humano! Pues podríamos, por ejemplo, recordar el “Conócete a ti mismo y ese conocimiento te hará libre”, que escribió Sócrates en una tablilla para colgarla del oráculo de Delfos. Tal vez fue lo único que escribiera porque incluso ordenó a sus discípulos quemar sus escritos ya que lo que hoy decimos no nos sirve para mañana. Una de las máximas del entrenamiento Sufí, según el cual cualquier trabajo solo es efectivo en función de la gente que interviene, en el momento adecuado y en el lugar preciso.

¿Cuál es el concepto de libertad que preconizaba Sócrates? ¿Ni siquiera escribir? (hummm… estoy a punto de enviar esto a la papelera). Entonces ¿qué nos queda? Pues, sencillo, simple: SER. Como los animales en la jungla. No podemos cambiar la jungla porque cada vez que el ser humano lo ha intentado ha habido masacres, lo que si podemos cambiar es eso que hace dos milenios y medio ya sabíamos. Cambiar nuestra actitud, de adentro a afuera. Pasar de dar importancia al espejismo – quiero decir al mundo – para encontrar quienes realmente somos, e ir viviendo las pequeñas conquistas del conocimiento de nosotros mismos que vamos obteniendo. Y dándonos cuenta de los encuentros interiores. Y es relativamente sencillo, basta cumplir con lo que decía Jesús de Nazaret, “dar al césar lo que es del césar” y seguir con  nuestra vida,  descubriéndonos… des-cubriendo-nos. Ir quitando las coberturas (condicionamientos socioculturales injertados) por en sencillo pero complejo (por nuestra permanente necesidad de trampearnos) procedimiento de COMPRENDER lo que se entiende por “la grabación infantil, conjunto de condicionamientos tipo la campanilla de Paulov que han sido implantados en nuestra mente desde el momento de nacer.

Por tanto, volviendo a la secuencia del mono que descubre como matar o asustar a sus congéneres, la idea no seria acercarse a pasarle la mano por el hombro tratando de convencerle de las virtudes del pacifismo sino simplemente no cercarse. Cualquier especie animal aprende muy temprano a andar por la selva. A nosotros nos cuenta un poco más por la cantidad de ideas contradictorias que la cultura, la educación y demás lavados de cerebro que se clavan a fuego en nuestra tierna mente infantil. Pero les aseguro que se consigue con el tiempo y perseverancia un razonable grado de independencia de todo eso, también expresado como “no creerse nada que no podamos comprobar”, manteniendo los sentidos bien abiertos y sobre todo recuperando el espíritu crítico que tuvimos de niños.

Juan Trigo

Mayo 2021