Reservo la magia a las heroicidades que ha de llevar a cabo el ciudadano común y corriente para que su sueldo le permita llegar a final de mes. El resto (salvo figuras como Nostradamus, Cagliostro, Basilio Valentin, Nicolás Flamel y otros pocos, a los que no tengo ningún reparo en considerar seres humanos realizados) es puro ilusionismo de feria, sacando todo el partido posible, con una conveniente dosis de teatro para impresionar al público, esa intuición que tenemos generalmente todos.  

Yo crecí en un ambiente familiar repleto de astrólogos, esotéricos, nigromantes y demás, porque mi madre, en plena dictadura, y por pura diversión, reunía en casa a miembros de sociedades secretas, por supuesto clandestinas, como la Masonería, la Escuela Arcana, la Teosofía, ocultistas de diversas escuelas, etc. Con lo cual mi mordaz espíritu crítico infantil (que a mis tiernos 5 o 6 años ya había cosechado bastantes reprimendas maternas en algunos casos en forma de sonoras bofetadas) se las tuvo que ver con los habituales profetas diagnosticadores de catástrofes señalando con el dedo índice hacia las alturas a eventuales demonios en el ambiente, en medio de invocaciones a arcanos conocidos o inventados.

Ofrezco esta introducción para que entendáis porque la dosis de interpretaciones rápidas, a la cual más ingeniosa, sobre mi carta natal, pretendiendo desahogar esa enfermiza obsesión por “acertar” que tanto preocupa a los ocultistas, desbordó todos los embalses cual lluvia tropical provocado espectaculares inundaciones. Y fue la causa de que hasta llegar a los 31 años en que conocí a mi maestro, Emilio Salas, no quise saber nada de astrología. Precisamente, supe que él iba a ser mi maestro porque ya en nuestra primera conversación barrió de un plumazo esa practica tan extendida no solo en astrología sino en tarot y otras mancias de sentenciar categóricamente un aspecto sin tener mínimamente la decencia de dedicarle un tiempo a explorar toda la carta en su conjunto y tratar de integrarla.

Ya sabéis a qué me refiero: “Esta cuadratura Sol/Saturno te impide realizarte profesionalmente”, “Esa oposición de Venus al Ascendente provocará rupturas de pareja”, “Cuidado con ataques cardíacos por ese tránsito de Urano al Sol”, y ya he hablado demasiado en mis charlas por YouTube de la famosa “carga plutoniana” …

Por todo ello, cuando Emilio Salas aceptó ser mi maestro y empezó por erradicar drásticamente todas las recetas en astrología (incluso quemamos un libro de recetas con un ritual mágico de purificación) y en su lugar habló de percibir íntimamente cada elemento astrológico por separado para luego combinarlos a la hora de interpretar, tuve muy claro que iba a ser mi maestro hasta el final. Pasé 7 años de estudio con él hasta que me decidí a hacerle caso y empezar mi vida profesional en la consulta astrológica.

Por su parte precisamente me aceptó como su alumno por mis estudios de ingeniería industrial porque creía también que la astrología era una ciencia y no una mancia, y empezó a enseñarme de la mano del Tratado de Astrología de Adolfo Weiss, porque era el libro de corte más científico de la época, e incluso me pidió que fuera a la cátedra de astronomía de la Universidad de Barcelona, a consultar como podíamos inferir el grado de exaltación de los nuevos planetas basándonos en el de los antiguos, con tal de reproducir sus ecuaciones orbitales para encontrar una formula que nos llevara a la exaltación de Urano, Neptuno y Plutón. Decía que necesitaba precisamente mi formación universitaria para enseñarme la realidad científica de la astrología.

Comprenderéis que mi rechazo frontal a considerar recetas y generalidades que tanto pueblan en océano de las RRSS, pues ya se formó en mi tierna infancia. De niño, la vida me sobresaturó con recetas en las que no encontraba casi nunca algo de sentido. Por supuesto no entendía nada de la Carta Natal, pero lo que me decían aquellos entendidos no me cuadraba en absoluto con mi vida real, y eso que se trataba de gente con prestigio y renombre en los círculos especializados en ocultismo y otras artes adivinatorias.

Entendí muy pronto de la mano de mi maestro que la interpretación astrológica no tiene nada de adivinatorio sino de aplicar la lógica científica, aunque no esté avalada por los protocolos de la Universidad oficial.

Juan Trigo

Agosto 2020