Nos contaba, en 1982, un discípulo de Babuji Sri Ram Chandra, nuestro maestro de Raja Yoga, una anécdota que puede ejemplificar lo que significa ser adulto. Explicaba este compañero que cuando estuvo en el Ashram, durante una clase de técnicas de meditación sobre el centro pranahuti (el corazón) que es el que practicábamos en Barcelona, entró un asistente del maestro y se dirigió directamente al estrado, para comunicarle al oído una noticia que parecía muy urgente. Babuji (apodo con el que lo conocíamos y que viene a ser como “papaíto”) se volvió hacia él y en voz alta exclamó: “No podemos interrumpir la clase. Espera a que terminemos”. Y siguió el hilo de sus explicaciones sin alterar el ritmo, es decir sin darse ninguna prisa.

Cuando terminó la clase se enteraron de que el asistente quiso interrumpir al Maestro para decirle que su hijo acababa de morir. Hubo un revuelo entre el alumnado porque no entendían como el Babuji prefirió seguir la clase a ir al hospital. Para un adulto, la vida y muerte son dos caras de la misma moneda, y en ese momento, ya que el maestro no podía evitar lo inevitable porque ya había sucedido, quiso terminar lo que estaba haciendo. El adulto guarda para sí sus emociones, como llorar por la pérdida de un hijo, en lugar de hacer alarde publico de ellas.

Otra de las lecciones que recuerdo de Babuji, fue en Paris, en 1986, en una concentración a la que asistí y que reunió unos 1500 abjasi  (discípulos). Uno de los organizadores franceses ya al primer día en su matinal charla al micrófono para comunicar detalles de la organización no dijo algo que me costó un par de días entender.  “Babuji quiere que sepáis que sus hijos y parte de su familia que le acompañan son SU karma, no el nuestro, y por tanto no tenemos nosotros ninguna obligación para ellos”. Mensaje enigmático, que me tuvo que aclarar uno de los participantes a quien uno de los hijos del maestro que le acompañaban al evento de París ya había tratado de proponerle algún negocio de compraventa para el cual debía dejarle una cantidad nada despreciable de dólares.

Un adulto no buscará culpables sino analizará en su interior qué pudo hacer mejor, dadas las circunstancias.

“Por sus obras los conoceréis”. La humanidad adoradora de la Luna no es más que un enorme jardín de infancia, con sus santos y sus vampiros, héroes y villanos, culpables y justicieros. En cualquiera de sus fases, la Luna nos muestra la misma cara. Las apariencias, nunca muestran su cara oculta.  

Juan Trigo

Febrero 22