Ya saben, la casa 3 son los hermanos, los primos, tíos, vecinos, la 4 el modelo paterno, la familia genéricamente, la 5 los hijos, la 7 la pareja, la quienes detentan algún poder, la 10 la madre, la 11 mis clientes o quienes yo espero que me reconozcan o me premien, etc., y seguro que me dejo un montón de personas con sus atributos, pero ya saben también que agrupar en 12 a la multitud infinita de personajes que desfilan como en la película de Fellini por la playa de nuestras ilusiones, es harto difícil y no tenemos más remedio que condensar en las casas cadentes todo lo que falta por poner en cada uno de los 4 cuadrantes.

Pero como esta es mi carta, toda esa multitud soy yo, o como yo los veo desde mi punto de vista, los imagino, deseo, ansío, espero, etc. La 7 no es nadie externo, sino que significa cómo yo he esperado, deseado o imaginado que tenía que ser mi o mis parejas, y así con toda la carta. Se trata de un efecto espejo: en la carta indica cómo yo los veo, luego, en la realidad de la vida, unos y otros se colocan ahí y yo creo que son ellos, pero los vivo como yo los veo en mi carta no como en realidad son, porque cada uno tiene su carta, es decir su propio espejismo.

No hace mucho tiempo, ¿tal vez 8 años? Que alguien me dio un acertadamente una potente patada en la boca del estómago diciendo: “Si echas a los demás la culpa de lo que te ocurre, ¿cómo vas a averiguar en qué te equivocaste y a partir de ello conocerte un poco mejor, saber quien eres en realidad?” Me dejó desconcertado. Era mi analista junguiana en esa época y a quien yo tenía mucha confianza, con lo cual no me quedó más remedio que dejar de echar balones fuera y buscar culpables en los demás y mirar en mi interior.

¡Que maravilla! Conforme iba analizando uno a uno mis errores sin implicar a nadie más, como si en el estadio donde se jugaba el partido no hubiera nadie más que yo, las cosas iban encajando de manera que alguien llamaría “mágica” (yo no, porque no creo en más magia que la que otorga el conocimiento interior). Todo empezaba a cobrar un sentido armónico y algo que se parecía a la paz que busqué afanosamente desde niño iba adueñándose de mi espíritu. Erradicar cualquier tentación a buscar culpables, ni siquiera en mi; erradicar el concepto de culpa y substituirlo por el de circunstancia. Fui viendo uno a uno mis errores, y aún sigo en ello y no creo que vaya a terminar en esta vida, como piezas de un rompecabezas que, despojados de dogma, misterio o culpa, iban encajando perfectamente por si solas y sin esfuerzo.

¿Se imaginan tratar de encajar las piezas de un puzzle empapadas en lágrimas o saliva? El agua deforma los contornos y no hay quien consiga encajarlas. Es lo mismo que nos pasa tratando de analizar las situaciones de la vida desde lo emocional, lo lunar: tenemos que recurrir al escape de Neptuno, que tantas veces confundimos con la mística.

La Carta Natal es eso, un inmenso rompecabezas, un test de Rorshack, que diría el gran maestro Demetrio Santos, en el que, como el elenco de personajes de las teogonías hindú, Shiva, Kali, Ganesha, etc., la egipcia, Horus, Isis, Osiris… la grecolatina, y tantas otras, no representan más que las distintas facetas de la compleja personalidad humana. Todos cuantos personajes podemos asociar a las casas o a los regentes de las casas, somos nosotros mismos en las múltiples facetas de nuestra personalidad que asociamos a los significadores.

Cuando echo pestes y culpabilizo a este o aquel planeta, regente de la casa 7, asociándolo a esta o a aquella persona que conocí como la causante de todos mis males e incomprensiones, soy yo ni más ni menos como el único dueño de esta carta natal. Como vi a esas personas desde este lado del espejismo, simplemente no los vi como eran en realidad sino como yo quería verlos, y de ahí el drama habitual.

Así podríamos decir, que una carta natal que contiene un buen numero de personajes, como Hamlet, Ofelia, Polonio, Laertes, etc. Todos ellos soy yo, Shakespeare, quien quiera que fuera este mito. Soy el autor de mi propio drama y el creador de mis personajes. El que a lo largo del día los vea encarnados en personas reales con las que convivo o me cruzo, finalmente no son más que actores que, una vez dentro del escenario de mi carta natal, desarrollan el personaje cuyo guión he escrito yo. Y como en el implacable día-a-día cada persona real se desenvuelve como es y no como yo he imaginado que seria, como digo, el drama está servido.

Juan Trigo

Abril 22