Hace 40 años mi mentor en entrenamiento psicológico sufí me instruyó a construir mi isla. Ese lugar en el interior de mi conciencia adonde puedo ir cuando quiero ver mi alma sin las interferencias del mundo. Sin prejuicios, sin constructos sobre el “bien” o el “mal”, sin tantas otras falsedades y mentiras como han caracterizado la condición humana desde sus albores para justificar la dominación de unos seres sobre otros.

Es una herramienta de supervivencia psicológica para nuestro paso por este planeta de nuestro exilio.

En el principio de los diálogos entre Krishnamurti y David Bohm se lee que la humanidad torció su rumbo 50.000 años atrás. Esa época puede coincidir con la desertización de lo que hoy es el Sahara, antaño “El Jardín de las Hespérides”, un verdadero vergel, un paraíso terrenal. Los habitantes se vieron obligados a viajar hacia el Este y adoptar una actitud u otra que marcaria el devenir de la humanidad: Compartir o competir. Adoptaron, como ya debe suponer el lector, en función de lo que su propia vida le enseña, la segunda opción. Es decir, en lugar de presentarse ante las tribus asentadas en las cuencas del Nilo con el ánimo de ofrecer lo que tenían a cambio de que les dejaran iniciar una nueva vida, seguramente sin mediar palabra atacaron, masacraron y saquearon, que es lo que ha venido sucediendo hasta hoy día, aunque con las explicaciones exculpatorias cada vez tan sofisticadas como la mentira que las origina. En China la Etnia Uygur, en Mianmar la etnia de los Roghinyas, en África… mejor no hablar; De las conquistas de las naciones europeas mucho menos.

Me enseñó mi mentor a escoger el paisaje de mi isla como quisiera, bosque mediterráneo, alpino, selva amazónica, desierto de Arabia, etc. Obviamente escogí el primero. Y sobre todo en esa isla no llegan nunca las reglas y leyes de la especie humana. No existe la propiedad de un ser humano a otro, la tierra no es de nadie y es de todos, no es necesaria ninguna autoridad; no hay cargos ni categorías, ni lideres o conductores de masas, porque no hay a ninguna parte a la que se deba conducir a nadie porque los habitantes no pertenecen a ningún rebaño, cada uno es de su propio rebaño individual. No existe la manipulación de un ser humano a otro (ese burdo teatro que se ve a la legua y pretende obtener de ti lo que directamente no obtendrían). Y, sobre todo, la gente circula sin necesidad de vestimenta porque la temperatura es agradable.

En realidad, esa isla se construyó en mi mente ya desde muy niño, sin instrucciones ni mentor, sino espontáneamente.

El medio de transporte desde el continente, es único, se llama CONFIANZA, etimológicamente “fe compartida”, es decir compartir la sinceridad del corazón, sin reproches, rencores, ajustes de cuentas, manipulación y demás inútiles pérdidas de tiempo. No hay otro medio de llegar a esa Isla.

Ya habrán comprendido que esta isla en mi Carta Natal se encuentra en la Casa 12. 

Juan Trigo / enero 2021