Llegar a final de mes con 4 bocas que alimentar, escuelas de los niños, etc., especialmente cuando recibes una carta de despido o de rebaja de un sueldo ya muy rebajado. Eso es un milagro. Y para la educación que la mayoría hemos recibido, confiar en la voluntad de la persona ya es un milagro.

Pocas veces hablo de algo que no he vivido y por tanto que no puedo transmitir en directo. Esta NO es una de ellas. He tenido rebajas de sueldo, despidos, empezar de cero, etc., y siempre con grandes responsabilidades familiares.

En esas ocasiones estudié por todos lados mi carta natal, como podrán comprender, pero en ningún momento esperé el milagro, sino ponerme a buscar todo lo buscable, desde consejo de amigos o familia, ayudas en formade subsidios, anuncios de empleos en el periódico (Antes de la prensa digital aparecían anuncios en un suplemento el martes y otro los domingos) para enviar 20 o 30 currículos a la semana. Contactos con contactos que tuvieran contactos, minutos de calma por las noches para extraer sentido común de la historia, la mía y la de la humanidad, para inspirarme en qué hacer en estos casos. Hacer. Esa es la palabra. Ponerse en marcha, sacudirse todas las formas de miedo, o dejándose acompañar por ellas, pero sin aflojar el paso, sin detenerme más que para recuperar el aliento.

Rendirse nunca es una opción, (simplemente porque los depredadores se comerán tu cabeza. No les mientan a los niños: “El Mal existe”) retirarse sí, desde luego, si es necesario. ¿De qué estratega es la frase “Una retirada a tiempo es una victoria”?  Que se lo pregunten a Jenofonte. Si son sabéis quien es teclead en Google “Jenofonte, la Retirada de los 10.000”.

Podemos evitar dejarnos vencer por la desidia, la pereza y otras armas de El Mal, con tal de darnos cuenta de esto, que nos hemos dejado arrastrar por El Mal. El antídoto es sacudirse tales inutilidades como un gato se sacude el agua tras haber caído al rio.

Esperar milagros es como la suerte en estrategia militar. Hay que contar con ella, pero “irla a buscar”, es decir, seguir actuando.

Y mi frase favorita me la dio por primera vez un conductor de autobús de la línea regular de Amman a Damasco en 1980 tratando de reparar un amortiguador con lo que podía encontrar en su caja de herramientas, mientras el ejército de Hafez Al-Asad (el padre de Bachar Al Asad) seguía llevando tropas a la frontera en ocasión de aquella subguerra derivada del estallido entre Irán e Irak. Yo trataba de ayudarle como podía buscando alguna pieza que sirviera para llegar hasta Damasco, pero sin cesar de murmurar algo así como: “Esto es imposible, deberíamos pedir ayuda. Seguro que hay algún sura en el Corán para pedir ayuda a Dios en un caso así” (una de mis eternas manifestaciones de inocencia y de no haber visto la parte real de la vida ni por el forro. El hombre se volvió hacia mí. Su rostro curtido como suelas de bota militar desgastada, pero con un brillo en los ojos que pocas veces había visto en mi desarrollado y orgulloso Occidente. “¿Sabes que decimos los árabes, chico?”. Le ofrecí mi sonrisa invitándole a pronunciar aquel proverbio tan antiguo como la sabiduría del desierto por el que circulábamos. El me sonrió también y lo dijo: “Ruega a Dios, pero ata la pata de tu camello”.

Ya caía la noche cuando el hombre logró fijar un apaño al amortiguador para terminarr los 50 kilómetros que nos quedaban hasta Damasco. Los convoyes militares sirios no nos interrumpieron y los viajeros esperaron pacientemente a que terminara la reparación.

En España de tierra adentro decimos, “A Dios rogando, pero con el mazo dando.” Viene a ser lo mismo.

Juan Trigo

Abril 2022