Parece que pudimos comprender razonablemente el mensaje de maestros como Krishnamurti, Erich Fromm, Aldous Huxley, etc., de inspiración Oriental, lanzados durante la década de los 60, y más tarde por otros como Idries Shah, Eckart Tolle, recomendando concentrarnos en vivir el Aquí y Ahora, en lugar de estar padeciendo por si podremos conseguir nuestros objetivos futuros, lograr esto o lo otro, si nos ocurrirá aquello o lo de más allá, etc. Y peor aún, angustiarnos porque no pudimos tener, disfrutar, ganar, etc. Etc. Etc.

La realidad es que nuestras cuasi infinitas memorias emocionales, grabadas en nuestra infancia o más tarde, aunque fragmentadas y tantas veces inconexas y deformadas, nos asaltan y atenazan a diario anclándonos al pasado por medio del “Tuve que…” o al futuro por el “Tendré que…”, entre lamentaciones y miedos, frustraciones y esperanzas artificiales.

En la mayoría de las culturas de este planeta humano, en lugar de acompañar a los niños a darse cuenta del momento presente y por tanto sentir plenamente sus vidas, los dejamos arrastrar por las habituales consignas del Poder imperante que conforma a su provecho los sistemas educativos injertando desde párvulos la presión del “Tengo que…”, “He de llegar a ser…”, con imágenes y modelos que solo al Poder benefician, no a los ciudadanos.

Nacemos, crecemos y morimos, y lo único de lo que podemos tener acción es nuestro momento presente, pero lamentos pasados por cumplimientos no conseguidos y esperanzas futuras por objetivos imaginarios, nos lo hacen perder estúpidamente.

Nuestras vidas pueden atravesar momentos difíciles por circunstancias externas debido a lo imprevisible del mundo en el que vivimos y necesitamos de prestar atención a esas dificultades, pero instalarnos en el padecimiento de que esa imprevisibilidad pueda traernos males mayores, parece una inútil perdida de tiempo y energía.

Sea como fuera solo nosotros podemos hacer que el vivir aquí y ahora sea feliz, creativo y satisfactorio, y requiere la practica de un acto de voluntad firme y atento a las trampas de nuestros laberintos emocionales, acompañado de comprender que pensar en que tenemos que conseguir esto o lo otro en el futuro solo es una perturbación cultural de nuestro estado original por medio de las preguntas como las típicas del “¿quien soy de donde vengo adonde voy?”, que la historia de la humanidad nos demuestra que no tienen respuesta o tienen millones de ellas, según qué filósofo se desespere hasta el extremo de elucubrar una respuesta para tranquilizar su angustia emocional, y necesite impregnar a otros con ella.