Cuando nos encontramos en una situación anómala como ésta de confinamiento domiciliario para reducir el sorprendente poder de transmisión de este virus del que no teníamos noción y, sin embargo, según los entendidos, ha coexistido con nuestros animales de compañía y otros desde hace quién sabe cuando, podemos darnos cuenta de la dimensión real de nuestras vidas en sociedad, de la sociedad misma, en definitiva, de la fragilidad de la condición humana.

Tal vez en estos momentos tengamos ocasión de darnos cuenta de la banalidad de esas emociones, que, aunque tan efímeras, complican dramáticamente las relaciones con nuestros semejantes. Rencores, odios, ajustes de cuentas, envidias, obsesiones de éxito mundano, temores por lo que pueda truncar nuestros planes dentro de… ¿quien sabe cuando?

¿No será hora de sacarnos esa espina clavada en nuestras tripas porque éste o aquel nos hicieron eso o lo otro, y, en lugar de cristalizarlos en la condición de enemigos, podamos verlos, aunque sea a distancia, simplemente como seres de este planeta tan desorientados como nosotros tratando de seguir adelante hacia quién sabe adonde nos dijeron?

¿No será hora de levantar nuestra mirada a vuelo de águila y contemplar todo eso que nos ancla en emociones que pocas veces podemos identificar que fue lo que las generó, y fluir ligeros de equipaje como esos majestuosos pájaros reales? Nuestras vidas también fluirán ligeras de equipaje.

Juan Trigo

16 marzo 2020