A lo largo del día vamos repitiendo constantemente las mismas frases, gestos programados, actitudes típicas, en definitiva, patrones de conducta adquiridos y petrificados en nuestras personalidades in que nos demos cuenta. Los días de la semana van pasando el mismo ritmo y vamos haciendo las mismas cosas. Compramos lotería para ver si cambia nuestra fortuna, celebramos las Navidades y los cumpleaños de nuestros seres queridos, de nuestros amigos, deseando que el año que viene sea para mejor, que traiga más felicidad. Y lo repetimos año tras año, deseándonos las mismas cosas y con frases casi idénticas. Rezamos a los ídolos silenciosos de nuestro sistema de creencias, imploramos atención al psicólogo o al médico, o al astrólogo. Vemos a nuestros ancestros morir y les deseamos descanso eterno al tiempo que nos hacemos tantas preguntas sobre su vida, que aplicamos a la nuestra, entre otras: “¿le ha valido la pena tanto sacrificio?”, etc. Contemplamos las vidas de los demás, y en los rostros de quienes van con nosotros en el autobús o el metro vemos tantas expresiones repetitivas, casi idénticas, las cejas arqueadas en expresión de petrificada sorpresa, o el ceño fruncido en impotente rabia, o la mirada anhelante en busca de no sabe qué perdió por ahí… Los que tenemos animales de compañía observamos exactamente las mismas conductas, los mismos espacios donde están cómodos, o de los que se apartan, las mismas rutinas a la hora de comer, o hacer sus deposiciones, hasta los recién nacidos reaccionan con miedo cuando nos ven con el palo de la escoba como algo agresivo y punitivo, sin que hayan podido tener lógicamente una experiencia explicita. Leemos buscando iluminación en los grandes filósofos, los pensadores, los lideres de corrientes de pensamiento y nos impresionan frases que se desprenden de los libros como llamaradas… que calientan nuestra intención de encontrar verdaderas respuestas… por un tiempo; luego volvemos a las mismas rutinas de esperanza-miedo-repetición.

Sin embargo, en algún instante, aunque fugaz, recibimos un soplo de intuición. Una luz que viene de no sabemos donde y que nos provoca en la mente preguntas como: ¿Será real todo esto? ¿qué significa vivir, sentir la vida, la memoria de la vida? ¿Qué significo yo? ¿Realmente existo o es algo que me han dicho insistentemente y me lo he creído?

¿Qué sentido tienen esos instantes de lucidez, aparte de invitarnos a cambiar de sistema de creencias, buscar más afanosamente, apuntarnos a retiros, cursos de trascendencia y demás, intuyendo que va a ser más de lo mismo? ¿por qué es la verdad tan escurridiza que, igual que al Presente, apenas lo hemos tocado se nos escapa?

Juan Trigo

Marzo 2020