Es la eterna cuestión de la fe, que se agrava con la obsesión de ponerle nombre e imagen a lo inimaginable, ya que por un aforismo muy antiguo:

“Si lo nombras o le pones una imagen, lo pierdes”

Desde Moisés contrariado porque su advertencia, “No levantareis imagen de adoración” tuvo como respuesta de su gente la creación del becerro de oro, pasando por Lao Tsé advirtiendo que “si subes no encontrarás la cabeza, si le das la vuelta no verás su espalda…”, y por Buda omitiendo pronunciarse sobre la existencia de un Dios creador, llegamos a los Grecolatinos, nuestros ancestros directos, perdiendo completamente el rumbo al cristalizar formas de energía sutiles en caprichosos, pendencieros y envidiosos dioses antropomórficos, que perdura hasta nuestros días en forma de ídolos del Dios Todopoderoso con luengas barbas y sentado en un trono que se parece mucho del de Júpiter capitolino, o del Cristo, su hijo, de belleza seráfica y cabello largo pero todavía no encanecido.

Los musulmanes trataron de evitarlo al prohibir toda imagen de Dios, sin embargo mantuvieron un nombre para distinguirlo que cualquier otra religión, Allah (en indoeuropeo arcaico “Il-la” el más alto) cristalizando también una diferencia innecesaria porque saben que se refiere a un creador único.

Que difícil para la condición humana encontrar la Verdad dentro de su propia conciencia por la incapacidad cultural de tratar de escuchar esa música de fondo que emite permanentemente la naturaleza y que podemos escuchar cuando logramos desatarnos de las esperanzas impuestas por la presión social.

Al nombrar perdemos la percepción por traducir un instinto  sutil al mundo de la lógica, perdemos la dimensión esencial.

Juan Trigo. Sept 2021