El propósito de esta comunicación es abrir una vía de especulación filosófico-científica sobre la naturaleza operativa de la astrología, o como se expresa coloquialmente: ¿Porqué la interpretación y predicciones astrológicas “funcionan, es decir corresponden con lo que ocurre en realidad?”.

No se trata de validar científicamente la astrología porque bajo mi punto de vista no hace ninguna falta, entre otras razones porque concurren en un instante tantas variables que se hace imposible la aplicación del Método Científico y mucho menos la regla de falsación de Karl Popper, como en Meteorología. En la interpretación de la Carta Natal en el instante de nacimiento, y en todos los demás de la vida de la persona, nos encontramos con una combinatoria matemática de 10 elementos (“planetas”) tomados de 12 (signos) en 12 (casas), por 10 (aspectos). Es imposible aislar ningún grupo de elementos para aplicar el Método Científico sin que los otros no puedan intervenir. Y eso para un instante dado, por lo tanto la predicción en el tiempo, actividad puramente científica, se hace absolutamente ilusoria.

Más bien pretendo echar a andar por algunos de los vericuetos que mi curiosidad científica estimula ante un hecho observado: La interpretación y predicciones que hacemos siguiendo rigurosamente las pautas de la tradición se ajustan a la realidad y la ciencia clásica (digamos Newtoniana) no puede atribuirle ninguna explicación. Probablemente tal curiosidad sea estimulada por mi formación científica o más aún por su aplicación práctica, la tecnología.

Desde la óptica de lo riguroso que impera en mi primera profesión (cronológicamente hablando) como Dr. ingeniero industrial, el poder caracterizar a una persona y los eventos que le van sucediendo a lo largo de su vida en función simplemente de su mapa astral de nacimiento no tiene explicación. Y aunque en muy pocas épocas de mi vida la validación científica de ello me ha quitado el sueño, sí estimulado mi curiosidad. Hace años publiqué en Mercurio3 una especulación entre astrología y ciencia utilizando como nexo de unión los postulados herméticos, cuyo emblema popular es el conocido segundo principio de la Tabula Samaragdina: Lo que es arriba es abajo. Trataba de buscar una explicación cósmica holográfica que uniera lo que ocurre en el universo con el ser humano, para encontrar una explicación a las influencias planetarias en el comportamiento de los habitantes de la Tierra. En esta comunicación me gustaría ir más allá buceando en la física de las sub-partículas de la mano, naturalmente, de la mecánica cuántica.

Pero antes permítaseme insertar aquí la siguiente reflexión de lo que hacemos a diario los astrólogos en nuestro oficio, y que puede dividirse en dos tiempos claramente diferenciados.  Primero, siguiendo las rigurosas pautas del método científico calculamos la carta natal, tal como pueden hacer los astrónomos más recalcitrantes contra la astrología, ya que simplemente transcribimos en un gráfico las coordenadas astronómicas del evento de nacer basándonos en las efemérides que, por ejemplo, utiliza un navegante para orientar el rumbo. Y en el segundo movimiento le damos la espalda a lo que está aceptado por la ciencia oficial y nos adentramos en las marismas neblinosas de las artes ocultas de la antigüedad milenaria. ¿Existe un puente entre ambos o sencillamente al darle la espalda a la ortodoxia nos lanzamos al vacío? Nuestra respuesta es obvia: no es un salto al vacío sino a la vida real. Pero, ¿hay algún nexo de unión entendible para los aborígenes del Tercer Milenio? No me resigno a creer que la humanidad, persiguiendo el conocimiento hasta sus más inquietantes confines, haya vuelto a la ignorancia de época de la Inquisición que condenó a Galileo. Mi tesis es que no, simplemente que, por razones de dominación socio-política, esta humanidad se resiste en utilizar sus más modernas herramientas (la mecánica cuántica, la física relativista de las sub-partículas, la mecánica estadística, etc.) para tratar de aproximarse a ese segundo movimiento que ejecutan los astrólogos como el acto más habitual de sus quehaceres.

Para no aburrir al lector no habituado a la física post-newtoniana trataré de aprender de Stephen Hawking en su ejercicio “Historia del Universo” y plasmar aquí una vía de análisis divulgativo traduciendo los principios de la física de las partículas a razonamientos filosóficos. Y en este difícil ejercicio pido indulgencia de antemano por los excesos en la aplicación de tecnicismos en que pudiera incurrir, o por el contrario reduccionismos en lo académico.  

Mi planteamiento de partida es que probablemente nuestro error haya sido el tratar de entender las influencias planetarias en los seres vivos sin haber trascendido la física clásica. A lo mejor deberíamos echar mano a los descubrimientos de la era post-newtoniana y tratar de sacar conclusiones. Y eso es lo que me propongo hacer aquí. Pero antes de continuar permítaseme insertar otra reflexión. Parece lógico que el astrólogo en general no se haya parado a pensar en el puente que estoy intentando estructurar, porque el saber astrológico que estamos utilizando hoy se basa en la recuperación de un saber tradicional que se fue sintetizando miles de años antes de Newton, Descartes o Karl Popper. Y aunque a esta recuperación le hayamos añadido insignes descubrimientos de nuestra época, como son la sicología y la sociología, el astrólogo científico, por lo menos que yo sepa, no ha reparado en que tiene la herramienta que me ocupa en esta comunicación. Pienso que ello ha sido así por el uso de un lenguaje exclusivista que utiliza el coto cerrado de la clase científica que, en los primeros pasos de cualquier descubrimiento impide el acceso a los que no pertenecen a ese clan. Bien pues, muchos de nuestros colegas astrólogos son excelentes matemáticos, ingenieros o físicos, solo tienen que ponerse manos a la obra. Por lo menos seguir el ejemplo que ya están dando sus colegas de la Facultad de Medicina al preguntarse como es que funciona la homeopatía, la cromoterapia, las terapias vibracionales (Flores de Bach), etc. Ha tenido que pasar más de un siglo desde que Hanemann descubriera que un veneno diluido muchas veces resulta su propio remedio, para que la curiosidad científica se sobrepusiera a las mazmorras de la cerrazón y algunos médicos no tan solo utilizaran los remedios de la materia medica homeopática sino que trataran de averiguar porque funcionan, dando paso a la llamada “medicina cuántica”.

Me da la sensación de que se está produciendo un fenómeno de reacción típicamente populista ante el obtuso fundamentalismo de la “Academia de las Ciencias” con el uso coloquial de la palabra “cuántica” para referirse a asuntos que con mucha probabilidad no merecerían ese calificativo, pero por algo se empieza. A mi juicio los ensayos en construir esta “Medicina Cuántica” no van desencaminados, y tienen la ventaja de que basta con utilizar los fundamentos conceptuales de la ciencia de Max Planck, y no su matemática. Por otra parte la inmensa mayoría de los médicos emplean con éxito su ciencia sin haber tenido que estrujar sus mientes para meterse en los complejos mecanismos de la bioquímica; les bastó entender la estructura conceptual y el mecanismo de la neurotransmisión  (poniendo un ejemplo) para aplicar eficazmente un analgésico. Con la influencia de los aspectos planetarios sobre el desarrollo de la vida de una persona, pienso que podemos hacer lo mismo: tratar de en-tender.

Isaac Newton creyó dejar las cosas atadas y bien atadas con su modelo mecanicista del universo. Según este modelo, el universo es una enorme máquina formada por elementos, llamados átomos (de la voz griega “a-tomos” (no-divisibles) es decir sin posible partición ulterior) perfectamente medibles y pesables y cuyas leyes siguen un curso inmutable y predecible. Y se fue a la tumba satisfecho de que sus descendientes solo tendrían el trabajo de ajustar los flecos de ese modelo. 

Pero fue en el ajuste de esos flecos que se vino abajo todo el edificio. Cuando Rutherford y finalmente Niels Bohr demostraron que el átomo era “tomos” es decir descomponible y plantearon el modelo que hoy conocemos sobradamente comenzó una nueva era del conocimiento. Y también de la libertad de pensamiento, ya que (empezando por el principio de indeterminación de Werner Heissenberg, el postulado de nuestra ignorancia ) a partir de ciertos niveles de análisis casi nada puede estar determinado. Y con esa libertad reapareció el arcaico debate socrático de la facultad del ser humano de elegir. Facultad que tanto está claramente expresada implícitamente en los Evangelios, como en el Corán: El creador ordena a los ángeles postrarse ante el ser humano, porque, a pesar de pertenecer a una escala inferior de la creación, poseen una facultad que los hace únicos, la de elegir. Es de todos conocida la rebelión del ángel más luminoso, cuyos efectos perduran hasta nuestros días y presumiblemente mucho más allá.

La explicación que yo propongo del porqué la interpretación astrológica resulta un hecho constatable, aunque no puede demostrarse por el método científico, se encuentra imbricada en las leyes y postulados que van más allá de la física newtoniana, es decir en los de la propia estructura cuántica del universo. En estas regiones del conocimiento todo es vibración (por la ecuación de Einstein, la materia solo es concentración de la energía y viceversa, la energía es solo disipación de la materia) y todo está en todo y todo forma parte de todo poseyendo la misma naturaleza: Un continuo proceso de cambio no determinable ni siquiera en un espacio dado.

Un paradigma de esa explicación cuántica probablemente sea la clave del dilema determinismo-libre albedrío que nos puede sugerir la controversia Einstein – Niels Bohr: Entre el “Dios no juega a los dados” de Einstein y la propia definición del electrón: “La probabilidad de encontrar un proceso de cambio en un lugar indeterminado del inmenso vacío que es el espacio atómico”. Determinismo versus libre albedrío, en cuyas aguas a menudos turbulentas de esa dualidad característica del mundo de la manifestación en el que subsiste la especie humana, nos movemos los astrólogos tratando de utilizar el mapa del alma que es la carta natal, buscando los aspectos que nos permitan entender las facultades personales (las vibraciones indicadas en la Carta Natal por las posiciones del Sol, la Luna, Mercurio, Venus y Marte) “negociar  con los dos los señores del mundo” Saturno y Júpiter, respectivamente, percibir las energías transaturninas de Urano, Neptuno y Plutón, etc. .

Prescindiendo por el momento del libre albedrío, vamos a refugiarnos en el clásico temor de Dios y adentrarnos en la famosa ecuación de Einstein,  E = mc2, pero en la forma más completa en la que aparece modificada por una constante de proporcionalidad. Llamada la transformación de Einstein-Lorentz, esa relación describe la variación de diversos parámetros de medida, desde la distorsión temporal hasta las alteraciones dimensionales de largo, ancho y alto así como de la masa, en función de la velocidad del sistema que consideremos. La ecuación einsteiniana completa es:

Al describir la energía cinética de un sistema podemos introducir la relación: energía cinética = 1/2 my2. Cuando una partícula se acelera por la acción de una fuerza, el trabajo realizado por esa fuerza es el incremento de energía cinética del sistema y viene dado por la ecuación citada. Ahora bien, el factor relativista dado por la transformación de Einstein-Lorentz expresa en términos matemáticos que cuando la velocidad de una partícula material se acerca a la velocidad de la luz, su masa aumenta exponencialmente. El factor de proporcionalidad que describe este aumento de la masa podemos verlo en el denominador de la ecuación recuadrada en el diagrama 13. La velocidad de la luz c es un invariante; el efecto de la velocidad del punto material en cuanto a la variación de la masa puede verse en el diagrama 14. Para mayor claridad expondremos un análisis de cómo varían la masa y la energía total de un sistema acelerado hasta velocidades sublumínicas según la relación mencionada.

Fijándonos en la expresión de la transformada de Einstein/Lorentz, vemos que entre los factores que afectan a la relación materia-energía interviene un cociente V2/C2. A medida que la velocidad v de la partícula se acerca a la velocidad de la luz c, el valor de ese cociente se aproxima a la unidad. Suponiendo por ejemplo que la velocidad v del punto material llegase a ser un 99,995 % de la velocidad lumínica, el valor de dicho cociente sería igual a 0,9999, es decir una cifra muy próxima a l. Resolviendo ahora la expresión subradical tenemos que 1 – 0,9999 = 0,0001, Y la raíz cuadrada de 0,0001 es 0,0 l. Para ver qué relación supone ese resultado, como el 0,01 aparece en el denominador de la expresión escribimos 1/0,01 = 100. Es decir, que para una velocidad igual al 99,995 de la velocidad lumínica la energía asociada según la expresión reducida mc2 debería multiplicarse por cien, o si consideramos sólo la masa de la partícula, la transformación de Einstein-Lorentz nos dice que aquélla se ha multiplicado por cien. Aumentando todavía más la velocidad, a medida que nos acercamos a la velocidad de la luz el multiplicador crece exponencialmente, y ése es el resultado que representa la curva del diagrama.

El diagrama ilustra la relación exponencial entre materia y energía a velocidades cercanas a la luz. Continuando con el análisis de la expresión, parece que la misma infiere que sea físicamente imposible acelerar una partícula más allá de la velocidad de la luz. En la física de las partículas de alta energía se detecta que al acelerar cada vez más una partícula subatómica, a velocidades próximas a la de la luz se consumen cantidades de energía cada vez mayores, porque conforme aumenta la velocidad de la partícula su masa también crece y las energías necesarias para obtener una nueva aceleración y aproximarse todavía más a la velocidad de la luz devienen descomunales.

Esta es, por supuesto, la energía necesaria para acelerar una partícula «física». Examinemos de nuevo la ecuación pero sustituyendo esta vez una velocidad mayor que la de la luz, es decir admitiendo que v pueda ser mayor que c. Como el cociente V2/C2 es ahora mayor que la unidad, la expresión subradical se convierte en un número negativo. Es decir que nos ha aparecido una expresión cuyo denominador es la raíz cuadrada de un número negativo. Este denominador puede expresarse como número positivo multiplicado por la raíz cuadrada de -1, valor éste que se llama i en matemáticas. La unidad i sustituye a la raíz cuadrada de -1 para simplificar las expresiones donde aparezcan subradicales negativos y es, de acuerdo con la mayoría de los matemáticos, la unidad de los números imaginarios.

Algunos matemáticos aventurados, como Charles Muses, consideran que la raíz cuadrada de -1 pertenece a la categoría que él describe como los «hipernúmeros» y que dice son necesarios para describir el comportamiento de los fenómenos de dimensiones superiores (como las interacciones energéticas sutiles que se dan en los seres vivos y que hemos venido describiendo a lo largo de este artículo). Aunque el significado real de los números imaginarios, como la raíz cuadrada de -1, no es fácil de entender intuitivamente, Muses indica que son necesarios para poder resolver las ecuaciones de las teorías electromagnética y cuántica.

¿Qué sucede con la variación de la masa y de la energía, según la transformada de Einstein-Lorentz, cuando consideramos sistemas cuya velocidad sea superior a la velocidad de la luz?

A la izquierda de c, la velocidad de la luz, observamos la conocida curva exponencial que acabamos de explicar. Pero cuando sustituimos valores superiores a la velocidad de la luz en la ecuación, aparece una segunda curva invertida y simétrica con respecto a la anterior. Mientras ésta arrancaba del cero en las abscisas y ascendía a más infinito (+ 00) conforme la velocidad v tiende a c. la otra curva empieza en menos infinito (- 00) y retorna al cero de las Abcisas. Según Tiller, la materia cuya variación describe la curva de la izquierda (correspondiente a velocidades sublumínicas) es la del mundo del pacio/tiempo positivo (+ S/f). correspondiente al universo de la materia física que conocemos. En el modelo de Tiller la curva que figura a la derecha c (correspondiente a las velocidades hiperlumícas) es la del mundo del espacio/tiempo negativo (- S/f) donde la energía es de naturaleza magnetoeléctrica, de entropía negativa. y la sustancia retiene el carácter magnético sutil.

El espacio/tiempo negativo es la dimensión del mundo etéreo, en donde hallamos también el cuerpo etéreo humano. La sustancia que compone nuestros cuerpos etéreos vibra a velocidades hiperlumícas, de ahí resulta la dificultad para medirla directamente con el instrumental electromagnético de que disponemos en la actualidad. El mundo astral pertenece también a la dimensión del espacio/tiempo negativo y que su vibración es todavía más rápida que la del etéreo. La división exacta entre el uno y el otro no puede establecerse todavía, ya que las coordenadas de la gráfica que representa el modelo Tiller-Einstein son hipotéticas. El hecho de que tanto las energías etéreas como las astrales se muevan a más velocidad que la luz explica su común naturaleza magnética sutil así como la dificultad para medirlas con nuestros sistemas de detección actuales.

El clarividente avanzado puede captar estas energías sutiles gracias a su capacidad para absorberlas mediante sus chacras etéreos y astrales, que vienen a ser los órganos de percepción adecuados a cada uno de esos niveles de la realidad. Lo cual podemos entender gracias razonamientos de física cuántica como el que acabamos de hacer que se pueden aplicar a las influencias de las posiciones de los astros en la estructura molecular de los seres vivos sobre La Tierra y en especial del ser humano. 

Bien, estas teorías y otras tantas que se están poniendo a la luz son sin duda puertas hacia la comprensión de los fundamentos astrológicos en forma científica, tanto para los astrólogos como para aquellos científicos para los que el Principio de Indeterminación de Heisemberg no suponga un rechazo a seguir el hilo de su propia curiosidad. En otras palabras, para abordar esa comprensión ello hemos de enfrentarnos a la necesidad de expandir los limites de la investigación más allá de las rígidas fronteras del Método Científico. Una vez más negociar con el expansivo Júpiter para evitar sus excesos mientras hacemos lo propio con el rígido Saturno para que nos permita ira más allá de las murallas de protección, sin que por ello renunciemos a su inestimable herramienta de control. Parece como si para los que se autoconsideran eternamente profanos en esa materia, la mecánica cuántica sea como un territorio prohibido,  un campo de minas en el que solo pueden adentrarse los que poseen el mapa, y a lo mejor tendrían que saber que en realidad se hace el mapa recorriendo el territorio o recordar que precisamente el mapa no es el territorio, y que Max Planck “descubrió” su famoso número mientras tocaba el piano, y él mismo admite que ese evento sucedió en zonas del inconsciente muy próximas al fenómeno de la revelación. Y en suma que la frontera entre la física cuántica y la metafísica no existe, lo cual no quiere decir que podamos soltarnos de la mano de Saturno y dejarnos fluir por las neblinas de Neptuno. Nada de eso, todos esos arquetipos son compañeros necesarios para adentrarnos en busca de nuestro objetivo permanente: La aproximación al Conocimiento. 

Una línea de investigación podría ser la correlación entre chakras, colores, gemas y significadores astrológicos de la que ya han escrito varios autores y se han establecido diversas teorías. Esta línea podría identificar los indicadores de una carta natal por la vía de las resonancias cromáticas (gemas, colores, chakras) con el funcionamiento de la vida de una persona, y yendo un poco más adelante, tratando también de establecer correlaciones con los mecanismos en neurofisiología, podíamos recuperar las relaciones planetarias con las glándulas endocrinas y en suma con la sicología por la vía del funcionamiento de retroalimentación de las endocrinas que establece la relación consciente/subconsciente sobre la hipófisis. Tal vez de ahí podríamos establecer el porque los aspectos planetarios actúan sobre la conciencia experimentando con los cambios que podemos observar en la estructura del mundo orgánico.

Lo que pretendo indicar es que, dado que todo esta relacionado y que todo está en todo, los mecanismos de respuesta deben poder identificarse observando las manifestaciones de algunas partes identificables del todo. El todo en el ser humano esta formado por órganos, aparatos y sistemas, la astrología médica nos identifica claramente la correlación entre estos y los aspectos planetarios. Pues bien, el nexo de unión podría ser la naturaleza vibratoria que une ambos extremos. Los significadores astrológicos del planeta Marte, por ejemplo, vibran con la frecuencia del color rojo, la misma que muestran piedras como el granate, que ejercen indudable influencia sobre el primero y segundo chakras (mediando la discusión de que las piedras negras, como las turmalinas, etc., sean más próximas a la vibración del primer chakra) y estos nos llevan de la mano a las reacciones psicológicas de la persona que, además, podemos predecir por ese mecanismo de realimentación de las endocrinas. Y la explicación hay que ir a buscarla (probablemente con increíble evidencia) al análisis de la difracción del espectro de vibración de la luz blanca, que sintetiza, como todos sabemos, el todo de la luz visible.

Tal vez las puertas sean más numerosas de lo que pensamos y los puentes también.

Juan Trigo