Este ejercicio de autoanálisis forma parte de los que tuve que realizar, a principios de los 80, en los primeros pasos de mi entrenamiento sufí.

Es una de las muchas variantes del cuento del Hijo del Rey, según el trabajo a llevar a cabo en cada momento del entrenamiento.

Se trata de plantearte y tomar conciencia de la hipótesis de que no exista ningún propósito trascendente o acción de un Creador para la aparición del ser humano sobre la tierra, en contra de lo que adoctrinan todas las religiones y sistema de creencias. Simplemente pudo deberse a un meteorito que llegó a la tierra con una estructura de ADN embebida en un medio adecuado par su transporte. En la profundización anímica de este ejercicio, no existe, pues ningún Salvador ni necesidad de salvación, simplemente hay que ir evaluando mi paso por este planeta y las relaciones con mi entorno como lo haría un explorador que llega de pronto a una especie de “mundo perdido” mas allá de la cadena de enormes montañas, y ha de emplearse a fondo en observar como funcionan las cosas para poder sobrevivir.

Por ejemplo, no tiene ningún sentido juzgar ni sentirse juzgado, a menos que esa intensa actividad de observación le aconseje no manifestar abiertamente una postura contraria a la imperante en el lugar. Es como si por ejemplo hacia el año 2000 en el Norte de Afganistán en tiempos del Mulá Omar y sus Madrasas coránicas, nos colocáramos de pie sobre un taburete en la plaza del mercado a ensalzar las virtudes de los derechos de la mujer. No duraríamos ni cinco minutos, ¿verdad?

Otra de las cosas que aprenderemos en este viaje es que no tiene sentido hacer proyectos de futuro, ya que cuando estamos en la cresta de la ola todos son honores y parabienes, pero eso también es transitorio; toda gloria mundana es transitoria, le repetía el senador que acompañaba al emperador en su desfile glorioso bajo el arco del triunfo, pues inclusos esas soberbias batallas, también se desvanecen cuando vamos bajando al valle de la ola. Cualquier construcción que hayamos edificado será para nuestros descendientes. Pues en algún momento nos desvaneceremos y solo quedara, para bien o para mal, lo que escriban de nosotros.

Para no dejarse llevar por el recurso a la depresión, el discípulo podía recurrir al truco del Aquí y Ahora.

Ese planteo recuerda a los existencialistas de la primera mitad dl Siglo XX, Sartre, Heidegger, De Beauvoir, etc. Existir, nada más. A finales de ese siglo Milan Kundera lo exponía técnicamente con su “insoportable Levedad del Ser”, inspirada en los textos de su compatriota Franz Kafka.

Pero ¿qué hacemos con los jóvenes, con su efervescencia entusiasta de retos y y deslumbrantes descubrimientos? Sabemos que educar es lo mismo que condicionar, cercenar la espontaneidad exploradora de la infancia. Pero ¿cómo les explicamos que la cultura con la que se encuentran hoy no es más que un conjunto petrificado de reminiscencias tribales que ya no sirven pero que al propio tiempo evitan que nos matemos los unos a los otros en un desborde de esa efervescencia?

Juan Trigo

Marzo 22